lunes, 28 de junio de 2010

No sé si les ha pasado...

No sé si les ha pasado, pero hay días en que siento que odio a la humanidad. Que los odio a todos, a todos y cada uno de esos estúpidos mamíferos hormiguíneos que plagan la tierra y me odio sobre todo a mí, porque me siento como el más estúpido y pequeño de todos ellos.
Y cuando despierto en días así me dan ganas de tener útero y poder parir para saber si el dolor de darles vida vale la pena de tenerlos fisgoneando por ahí, con su ropa y sus autos y sus bocinas y esos teléfonos de mierda con altoparlantes que hacen que todo el mundo tenga de escuchar la misma música inmunda que les gusta. Por eso yo me pongo audífonos cuando salgo, para alejarlos lo más posible de mí, porque en días como esos no los quiero mirar a la cara, no les quiero ver los ojos ni las bocas ni quiero que me apunten con sus narices grotescas y llenas de mucosidades viscosas y malolientes.
Odio a la humanidad por todo lo que hace, porque todo lo que hace constantemente me molesta, porque aborrezco sus sofisticadas maneras de importunarme, desde las campañas contra el SIDA hasta la puta vuvuzela. Apago los televisores cuando están prendidos y me emputece que haya publicidad en la radio, a veces me dan ganas de sacarme los ojos para no tener que ver cómo se visten o lo que dicen sus carteles imbéciles, porque todo lo que dicen está falto de sentido, porque no hay arte en nada de lo que les pertenece, porque ni el arte mismo lo tienen a mano.
A veces me da asco el olor de las mujeres y cuando veo rostros viejos me invaden las ganas de hacer pucheros y decir garabatos, y me emputece que no se miren en la calle ni se hablen, y que apresuren el paso cuando paso al lado de ellos paseando al perro o arrastrando en mis hombros una mochila. Me hacen sonreír los niños pequeños que me sonríen y me hacen enfurecer sus madres que los abrazan con miradas de espanto, zorras inmundas que creen que le voy a hacer algo a sus críos con piel color de leche y mejillas color de vagina.
Y los que andan por ahí tomados de la mano lo hacen para burlarse de mí, pero no me miran porque les soy indiferente, porque soy un patético esperpento paranoico y de golpe me doy cuenta de que está todo en mi cabeza. Todo en mi cabeza, todo en mi cabeza…
Si un ser se siente avergonzado de su especie, ¿es culpa de él o de la especie? Me encierro en una pieza decorada a mi gusto y oigo la música que quiero, para alejarlos de mí, para enajenarme, porque temo a la soledad pero ella siempre me encuentra primero, porque llamo por teléfono pero nadie me contesta, porque nadie me pregunta cómo estoy y quienes me preguntan ni se interesan por la respuesta, porque son hipócritas y desconsiderados y yo les importo un comino.
Y me dan ganas de poder ser más estúpido de lo que soy, me dan ganas de sacar el pie que tengo dentro del Olimpo para poder bajar a sus casas húmedas con calefacciones sofocantes y poder sentarme con ellos a ver fútbol o a fumar para morir ahogado y con dolor. Suicidas imbéciles, pienso, pero me gustaría no pensarlo, para que me reciban y me quieran y me sonrían y me dejen estar cerca. Me gustaría poder querer más a mi perro de lo que conozco a la humanidad, pero no tengo a mi perro y el perro que vive conmigo está a nombre de un pelmazo. Solo me siento con una linterna a alumbrar el cielo para contribuir con ese techo naranjo que inventaron para quitarme las estrellas y no dejarme ver las fases de la luna, para obligarme a consultar su Internet PAGADO lleno de publicidad, fútbol y películas con malos guiones y pésimos actores.
Veo payasos dondequiera que mire, gente absurda vacía de sentido que anda por ahí vanagloriándose de no necesitarlo, como gritándome indirectamente que yo también podría no necesitarlo, y a la vez así me escupen la inferioridad a la que mi superioridad de conciencia me rezaga.
Cada uno de ellos con un vampiro psíquico chupándole la sangre, el tiempo y el dinero, familiares y amigos patéticos y asquerosos que viven de lo que rentan los demás y están todo el día llamando, aprovechándose de la buena disposición y de la estúpida ingenuidad de los que tienen a mano. Ladrones y usureros desvergonzados, monstruosos, por todos lados, con una mano tendida hacia delante y la otra metida en el bolsillo, para alcanzar a rascarse los testículos hinchados y peludos.
Odio a la humanidad, y me arde el corazón de fiebre porque no hallo la manera de deshacerme de ellos, porque no tengo donde meterme para no verlos, o donde meterlos a ellos para que me dejen tranquilo. No quiero salir a su ciudad apestosa, no quiero caminar en sus calles asfaltadas con caca, no quiero viajar en sus transportes sofocantes ni respirar el mismo aire que sorben con sus pulmones pegajosos. Los odio por lo cerca que los tengo, porque son como las moscas pequeñas que no se pueden matar, pero son demasiado grandes para ignorarles. Odio sus facciones grotescas, los odio cuando son muy grandes o muy pequeños, me indigesta la mujer flaca y me provoca náuseas la gorda, porque pareciera tener piel de chancho y lo peor es que pareciera no importarle.
Me da rabia leer mi propia poesía porque me recuerda mujeres terribles que demostraron mi idiotez al hacerme escribir sobre ellas, y me da más rabia que ninguna llegue que me haga desmentirme, y persevero con el lápiz en la mano y no logro escribir nada, y ¡puta! Me odio, me odio yo también, porque me presento como poeta y no logro escribir poesía.
Compongo música y me siento orgulloso de ella, y nadie quiere escucharla. Escribo largos ensayos y me siento orgulloso de ellos, y nadie quiere leerlos. Quizás yo soy el que no sabe escribir, el que no sabe componer ni hacer arte, el que no está donde debería estar, el que nació feo y morirá espantoso y no puede hacer nada para remediarlo. Y esa sensación me hace odiar más a la humanidad incapaz de matarme, incapaz de castigarme por mi arrogancia y mi injustificado delirio de grandeza.
Me siento como una manzana que quedó mucho tiempo al sol y al aire, sola, y como nadie me quiso desangrar con los labios al final me he ido avinagrando, me ha ido creciendo el cabello blanco y verde y he empezado a oler mal. No sirvo para aliñar las ensaladas y pronto descubrirán que vale más tirarme a la basura, porque puedo pudrir al resto si me dejan entrar al frutero.
Mis manos están ásperas y no es por escarbar la tierra, es por escarbarme a mí mismo, para no pasar tanto frío cuando me echo solo a mirar el techo y me pego una siesta en compañía de un locutor indiferente que pone música desde una cabina de radio sin tener idea de mi existencia. Odio que llegue a escribir cosas tan atroces y que llegue a mentir tanto por despecho, por no atreverme a reconocer mi única falencia, mi única necesidad, y entonces me odio por hacerme pasar por el weón cabrón que escribe enojado cuando en realidad soy un pendejo mimado estúpido que está pidiendo a gritos que le enseñen a crecer lo que le falta. Soy un pendejo, un cabro chico, un mocoso feo y ridículo acurrucado en la esquina de su pieza cagado de miedo y esperando con los ojos cerrados que alguien –por iniciativa propia, venga a tocarle el timbre para invitarlo a jugar.
Soy el pendejo que no quiere bailar pero quiere que bailen para él; que no trabaja pero quiere que trabajen para él; que odia a la humanidad cuando en realidad quiere que la humanidad lo ame a él. Soy ni más ni menos que ese pendejo, con la barba a medio crecer y un corte de pelo que no le gusta.
Odio los espejos porque me faltan el respeto con esa cara de ser humano con que me miran de vuelta, odio las fotografías porque me recuerdan lo feo que he sido, y odio a las personas que no se me acercan a preguntarme cómo estoy aunque yo pase todo el día pendiente de cómo están ellos.
Odio querer tanto a los que me quieren porque no nos demostramos mutuamente el respeto y el cariño que nos tenemos y por el contrario muchas veces nos ignoramos. Odio su hipocresía y su falta de sinceridad, de seriedad, odio que me griten y que me reten pero también odio que se rían de los chistes que cuento, porque yo no los encuentro graciosos.
Leo toneladas de poesía, de ocultismo y de filosofía y escucho horas de música que a nadie más le gusta, para engañar a la soledad que me tiene prisionero de una rutina estúpida que comienza en una ducha y acaba paseando a ese perro que no es mío.
Puta rueda, puta cinta de Moebius, puta manía mía de hacer esa clase de comparaciones para demostrar lo mucho que he leído y en lo que he desperdiciado magistralmente mi juventud.
Me cago de la risa de todos los que piensan distinto a mí porque son ridículos y piensan puras weás, pero intento ni siquiera sonreírme para no tener que darles explicaciones; porque siempre necesitan explicaciones.
Así que, cuando ando en esos días en que Odio a la humanidad, por lo general me quedo alejado y procuro no dirigir a nadie la palabra. Me levanto tarde y me acuesto temprano, porque sé que sólo me falta algo de sueño y que todos esos pensamientos desaparecerán al día siguiente; porque de lo que primero me doy cuenta, es que a veces bajo la defensa, me deprimo, y pienso la sarta de idioteces que acaban de leer.
No sé si les ha pasado, pero a mí me pasa bastante a menudo últimamente; aunque ya he logrado que no se me note tanto.

Inti Målai Perdurabo

domingo, 30 de mayo de 2010

Otro par de jornadas en el infierno

“Las imágenes con las que la Sagrada escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El Infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría”.

Juan Pablo II

¿Qué es lo que se nos enseña que debemos hacer? Comenzaron por decirnos: “no tomes lo que no es tuyo”, “no le pegues a la gente”, “no digas esas cosas feas”; es interesante ver que las palabras con las que primero juegan los niños son aquellas que designan cosas desagradables para él, todas obviamente relacionadas con lo que por antonomasia huele mal y es sucio: las heces. “Caca”, “poto”, “pipí” representan motivo de risa y de juego para los niños; insultan a los mayores con ellos, o entre ellos mismos; conforman aquello que primeramente podríamos llamar un garabato. La reacción de los niños al oir referencias a estas cosas que para ellos desagradan es doble; por una parte se ríen, pero por otra se avergüenzan. Aquí lo desagradable cruza con lo risible, y es trascendente constatar cómo lo grotesco es por lo general divertido. Como si reconocieran que son cosas sucias pero instintivamente se sintieran atraídos a ellas; Esos ciertos elementos pudorosos abundan a nuestro alrededor. La educación formativa de un niño, además de decirle “no digas cosas feas”, le dice “no te desvistas”; su propio cuerpo se convierte en un elemento de vergüenza y de pudor. En sus primeros años el niño va al baño con la puerta abierta… pero solo empezará a cerrarla. Un gesto común en los bebés más pequeños es levantarse las poleras; hay una cierta incomodidad en andar vestidos. Todos estos impulsos son reprimidos por la educación y la enemistad con ellos se impone por costumbre, no por naturaleza.
Hay otra razón poderosa para que el “caca” de los primeros años se convierta en el “puta”, “maricón”, “pico” de la madurez; el sexo representa uno de los temas que mayor pudor despierta en las personas. Culturalmente se le ha enajenado de la parte integral del ser, como si la relación de placer en el cuerpo fuera algo vergonzoso y por lo tanto, íntimo. Abunda esa sensación de malestar cuando alguien habla abiertamente de sus relaciones sexuales; sonrojarse al oír mencionar la masturbación o el coito aunque ello sea algo común a los presentes es la misma vergüenza que el niño expresa cuando alguien dice “caca”, aunque él también la conoce y él también la defeca, y muestra la enfermiza “malversación” de lo sexual en el acervo cultural de nuestro país, como si tener sexo fuera igual de sucio que defecar. Por lo mismo el humor que habla de “poto” o de “mocos” luego es reemplazado con el que contiene dobles sentidos sexuales.
Apuesto lo que sea a que si este ensayo se hubiera llamado “Sobre por qué el pene se erecta en las mañanas” muchas personas no lo hubieran leído, o hubieran comentado con chistes al respecto. Esto demuestra nuestra inmadurez por una parte y el enorme daño que se nos ha hecho en la educación por otra.
Se nos habla del “obrar bien”. Desde pequeños nos han inculcado una cierta noción de aquello que debe sernos confortable, aquello que no provoca remordimientos, aquello que no rompe con lo que se nos ordena, y aquello es el “bien”; el “bien” indefinible, inasible pero sempiterno, el Bien que encarnan las leyes y la Moral –que no es más que la vergüenza dulce– y que determina nuestras conductas; el Bien que es Amor, que es Dios, que es suprahumano, absoluto, incomprensible.
Aquí parece un chiste de mal gusto que Platón haya dicho que la Idea más alta que determina a la demás sea el Bien, porque nosotros queremos ver el bien antes que a las demás; queremos entender en qué sentido el “Amor bueno” no contempla la excitación corporal, o por qué no puede hacerlo; queremos entender el pudor a estar desnudos, queremos saber qué es lo que hay en nuestros cuerpos de “malo” como para que debamos esconderlo. Si llenar la vida de sensaciones no es bueno, si el cuerpo es una prisión para el espíritu, si nacer es un castigo, si lo mundano es vacío y perverso, ¿qué hacemos aquí? Si el bien nos promete una tierra prometida más allá de la muerte, ¿qué sentido tiene pasar primero por aquí? Si todos nacemos iguales, ¿por qué cribar en las puertas del paraíso?
La tradición hinduista nos enseña que el acto más perfecto es aquel que está libre de “lujuria de resultado” (en las palabras de Aleister Crowley). La piedra filosofal sólo puede encontrarla quien no la desea. Si el acto más perfecto y noble es aquel que no persigue recompensas, aquel que es bueno en sí mismo porque hace el bien, ¿qué puede motivarlo? “No hagáis el bien para que os vean los hombres, porque entonces vuestro padre celestial no os recompensará” (Mateo 6:1). Se nos enseña a ser humildes de espíritu, pero en desmedro de la opulencia en esta tierra; ¿qué tipo de bien existe en lo pobre, en lo flácido, en lo moribundo? ¿Por qué culturalmente la belleza de la Venus de Milo logró superar aquella de la Venus de Willendorf?
El infierno es el tormento de una vida sin Dios; de una vida sin Bien, sin moral, es el tormento de una vida motivada por el DESEO, una vida opulenta en la cual no existe ni el castigo ni el remordimiento, una vida lleno de eso sucio como las heces y vergonzoso como el semen llamado “pecado”. Y sin embargo, “Perfecto asceta es el que nada teme ni nada aborrece” (Bhagavad Gita, V, 3).
¿Qué es un pecado? ¿Algo que no debe hacerse, en contraposición a lo que sí debe hacerse? Si sombrío es el Bien, igual de sombrío es el Mal. Quien rompe la ley, quien no sigue los preceptos de conducta, es malo. Si pensar demasiado, si hacer la filosofía, si dudar nos empuja al camino de cuestionar los preceptos, sea malvado pensar y proscríbase entre los hombres. Sea el hombre perfectamente obediente, perfectamente sumiso, sea un cordero de Dios, dispuesto a ser inmolado para redimir el pecado de los más fuertes y los más inteligentes que él, que sufrirán su castigo por atreverse a ser mejores que el resto. El reino de Dios es la Éfeso de Heráclito.
¡Pobres y desafortunados pecadores! Que dudan, que tienen el descaro de tratar de ser más inteligentes que el resto, que dudan de los preceptos, que confían en sus instintos (¡Sí!, en los Instintos, ¡en la animalidad!) y se atreven ¡a desafiar a Dios! Porque el acto puro en sí mismo es más vacío que aquel que persigue recompensa, y aquel que se dice puro también persigue la recompensa del amor de Dios, por lo que todo acto humilde, por secreto que sea o desinteresado que se muestre, es espiritualmente hipócrita y delata cobardía y temor de la Ley. “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará” (Marcos 10:33-34). Si Jesús sabía de antemano de su resurrección, ¿qué hay de humilde, de bondadoso, de puro en su crucifixión? ¿No son su actitud resignada, su calma y serenidad, sus lamentos en Getsemaní, sus heridas y su “perdónalos porque no saben lo que hacen” sólo una asquerosa hipocresía, un mero teatro ante los ojos de los suyos? Si existen verdaderos hombres santos en la tierra, no deberían alejarse en apariencia un ápice de los pecadores; y por eso las iglesias son antes lugares de reunión para débiles tratando de engañarse a sí mismos, que verdaderos cumplidores de la Ley.

Reflexionad; sin que haya bien o malestar, ¿qué motivaría al acto?
¿Sin su clímax, la muerte, que sentido tendría
la vida?


Nos dice el pecador, Aleister Crowley, y continúa:

Una impecable máquina, exacta,
deambulando en un sendero estúpido y sin sentido,
Para colmar brutos apetitos, su única satisfacción.
¡Con qué tedio ha sido capaz de comprenderse a
sí misma! Y aun más, este nuestro noble elemento,
De fuego en la naturaleza, de amor en el espíritu, la vida
Que no se entiende a sí misma no tiene primavera, ni eje, ni fin.


Si desobedecer es el Mal y obedecer el bien, ¿qué motivaría al Bien si el Mal no existiera? Si el oro no estuviera cubierto de barro, ¿qué belleza tendría? Las manos del Rey Midas fueron bendecidas con la horrible maldición de volver oro todo cuanto tocaban. La vida que no tiene primavera, ni eje, ni fin, es una vida que no se entiende a sí misma.
“Hipócrita es quien sojuzga los órganos de acción y no actúa, pero tiene la mente ocupada en los objetos de sensación. Pero benemérito es quien subyugando los sentidos por medio de la mente, ¡Oh Arjuna!, y manteniendo los órganos de acción sin apego a cosa alguna, realiza el yoga por la acción” (Bhagavad Gita, III, 6-7)

El Pecador como eterno buscador, como ambicioso que se cultiva antes de dejarse pastorear, está condenado a ser “un forajido que huye por la tierra”; porque a ninguno de sus compatriotas le gusta verse opacado por quien, voluntariamente, se muestra superior.

Su cuerpo un radiante rubí de sangre,
Con noble pasión, Lucifer, de alma solar,
Recorrió colosal al amanecer, rápido, oblicuo,
El imbécil perímetro del Edén.
Él bendijo lo que no existía con cada maldición
Y salpicó de dolor la torpe alma del buen juicio,
Exhaló vida en el universo estéril,
Con Amor y Conocimiento echó a la inocencia.
La Clave de la Alegría es la desobediencia.


Y Aquí el martillo golpea al clavo con fuerza. ¡La Clave de la Alegría es la Desobediencia!

1. ¡Satán representa complacencia, en lugar de abstinencia!
2. ¡Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales!
3. ¡Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar del auto engaño hipócrita!
4. ¡Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos!
5. ¡Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla!
6. ¡Satán representa responsabilidad para el responsable, en lugar de preocuparse por vampiros psíquicos!
7. ¡Satán representa al hombre como otro animal, algunas veces mejor, la mayoría de las veces peor que aquellos que caminan en cuarto patas, el cual, por causa de su "divino desarrollo intelectual" se ha convertido en el animal más vicioso de todos!
8. ¡Satán representa todos los llamados "pecados", mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional!
9. ¡Satán ha sido el mejor amigo que la Iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años!

Y aquí están las nueve declaraciones Satánicas tal como nos las presenta el Papa Negro.

En el Apocalipsis vió San Juan al Diablo y a sus Pecadores, que habitarán la tierra por mil años, antes de la llegada del Juicio Final y el triunfo del Bien. Pues, ¡Yo prefiero mil años de libertad en el infierno, que una eternidad de obediencia junto a Dios!
Los Espíritus que Dante Alligheri encontró en el infierno eran seres humanos, que entre tormentos y carbones incandescentes hablaron con él de todos los placeres que hacían soportable el castigo eterno; pero aquellos santos que estaban en el cielo giraban anonadados, estúpidos e hipnotizados, alabando a Dios con la vista fija en lo Alto; no en vano a Dante más se le recuerda como “quien bajó al infierno” que como aquel que “subió al Paraíso”; porque al primer lugar pertenecemos más que al segundo.
Pero aquí viene la segunda advertencia; Bien, sólo Bien, es la debilidad, destruye al alma, la debilita, la humildad, la moral y las buenas costumbres matan el cuerpo por desidia y cobardía; pero el Mal, sólo Mal, el camino de los excesos que para William Blake era la senda de la sabiduría, lleva inevitablemente a la destrucción por la explosión también. “A veces me odio a mí mismo” recuerdo haberle oído decir a Dorian Gray; lo mismo que Aleister Crowley, antes de morir, atinó a recordar. La Clave de la Alegría es la Desobediencia, pero desobedecerse a uno mismo es el más indigno de los suicidios.
Plotino consideraba que pensar en la belleza como el equilibrio era un absurdo; yo digo que la belleza como el Bien puro es más absurdo aún: para que el péndulo oscile debe moverse pero también detenerse y retornar; para que el universo se creara tenía que haber una gran explosión, pero también debía enfriarse; para que la ley sea obedecida, para que el castigo tenga sentido, deben haber siempre aquellos que intentan evadirlo. Toda unidad es esencialmente un balanceado equilibrio entre la fuerza que lo une y la fuerza que lo disgrega; por eso para el judío y el cristiano ciego su Dios es Uno solo, pero para el cabalista es doble, hombre-mujer, y al mismo tiempo es el Padre Amoroso y el Señor de los Ejércitos. En todo soldado invencible reside el germen de su futura derrota; es lo que nos enseña el mito de Aquiles. El cuerpo más cercano del reposo es aquel que se mueve con fuerza incontenible, y viceversa.
Pero el péndulo quieto es la nada; el universo frío se desintegra en sí mismo; cuando toda una sociedad es encarcelada, subsiste la anarquía. El talón sin Aquiles no puede matar a Héctor, el cuerpo en reposo no tiene fuerzas que contener. El filósofo que reniega de la moral y busca escapar de ella, el filósofo que trae al Superhombre, por mucho que hable con sabiduría, si entrega su cordura a la demencia y a la esquizofrenia que la sífilis de sus excesos le hereda, sólo nos habla de cómo no debemos morir.
Desterrando de nuestras mentes al Bien y al Mal, podemos entronizar al Odio y al Amor, para que entre ellos se balanceen. El gobierno de ambos lo hará la voluntad, pero la inteligencia por sobre ella; y tendremos sexo pero no seremos violadores, aunque tendremos que intentar violar primero; y mentiremos pero no engañaremos, aunque tendrán que descubrirnos malversando hechos; y deshonraremos a nuestros padres sin faltarles el respeto, aunque tendremos que burlarnos de ellos en las primeras victorias; y elegiremos a qué Dios rezarle, o no rezarle a ninguno, aunque nunca nos cerraremos ciegamente a lo que elegimos; y probaremos todos los excesos pero no dejaremos que ninguno nos esclavice, aunque seleccionemos nuestros favoritos. Nada pasará por nosotros sin luchar contra nuestra duda, pero todo tendrá posibilidades para triunfar. No sentiremos vergüenza de estar desnudos pero nos vestiremos para salir; dejaremos que nuestros ojos pequen mientras lo hagan en secreto, buscaremos la satisfacción en nuestros actos, la aprobación de los demás, la admiración de los demás, pero valoraremos siempre la compañía de buenos amigos antes que la de estúpidos discípulos. “No paz en general, sino la guerra”, diría Nietzsche. Guerra de uno contra todos los demás; pero no la guerra como algo malo, sino la guerra como ese estado que permite cambiar violentamente lo defectuoso en nosotros, para obligar a subsistir aquello que nos perfecciona. “No virtud, sino habilidad”. Un hombre integral, completo, perfecto, un Superhombre, debe ser aquel capaz de dormir unas noches con Dios y otras con Satanás, pero no enamorarse de ninguno. De seguro os digo que María inmaculada es tan prostituta como Babilonia.
Seguir, mejor, a un Dios Bisexual que de y reciba. Renunciar de todo lo que nos enseñaron pero permitirnos reciclar lo esencial. Aquello que necesitemos irá apareciendo en el camino. Aprender se hace en los patios de los colegios, en los baños, en los carretes donde abunden el alcohol y los excesos a espaldas de los padres, en las habitaciones a puerta cerrada, no en las aulas. Pero el que no consigue dejar la juerga cuando termina la prohibición, el que nunca pasa de curso por nunca estar sobrio… es igual de débil, cobarde y condenado a perecer que el que no levantó los ojos del cuaderno en toda su adolescencia.
Porque hombres y mujeres realmente duales, equilibrados, “Satánicos” en el sentido de LaVey, somos pocos; Por eso la gente no entiende por qué de mi cuello cuelgan un crucifijo y un dios pagano; por qué tengo la Biblia en mi pieza y me la sé de memoria, y me burlo a menudo de los cristianos; por qué predico el camino de la experiencia y me acuesto temprano, o por qué hablo de sexo siendo que nunca he tenido sexo; por qué defiendo el amor con cuerpo y la excitación, si los que me conocen saben que mis amores son idealizados. Porque ninguna de esas personas logra imaginar la relación entre el carpintero y el dios del Sol; la verdad que todos los libros sagrados esconden detrás de sus diferentes metáforas; la diferencia entre la libertad y el libertinaje; el balance entre la prudencia y la lujuria; el que la mujer ideal a la que le escribo poemas siempre es una mujer bella.
Librarse de los “pares de opuestos”, como predica el Bhagavad Gita, no va en suprimirlos sino todo lo contrario, en integrarlos. Un auténtico humanista, un verdadero ser humano libre, estudia matemáticas y se deja encantar por la poesía; Escucha música clásica y baila música pop – y si yo fallo en esto es por razones de fuerza mayor, pero reconozco mi inferioridad en esto; lo mismo le interesa la biología y el movimiento de los astros; nada de lo que el conocimiento pueda abrazar está por debajo de su mira, o le es superfluo. Nada de lo que pueda hacer con su cuerpo o su mente es indigno, aunque sabe discriminar aquellas consecuencias que le resulten dañinas. Un ser humano así debería ser llamado realmente Superhombre.
Por eso es inevitable que nos tiente más acercarnos a Odín que a Jesucristo; el hijo de carpintero pordiosero que se entrega a sus verdugos nos parece un reptil oprobioso, en cambio el valiente y recio vikingo que entrega un ojo de su cara a cambio de la sabiduría, que es el inventor de la magia, de las ciencias y de la poesía, el que ofrece banquetes a sus huéspedes pero sólo bebe el hidromiel de la inspiración, el que ahora dirige a los ejércitos, ahora baja a hablar con los muertos en busca de respuestas, el que protege a su familia a toda costa y venga a sus hijos a filo de espada; Ése es el Dios que más nos llama la atención, porque a él queremos parecernos.
Queremos que cometer errores sea una constante en nuestra vida y en nuestra educación, si cada uno de ellos sólo lo cometemos una vez; queremos sentir dolor, mucho dolor, si aprendemos a apagar cada uno de ellos. Golpear con las manos desnudas una pared, si logramos derribarla. No dejarnos enternecer por la calma del hogar, romper el cascarón, dejar la madriguera, rasmillarnos las rodillas, pero siempre poder volver bajo el brazo de mamá para que nos de calor y nos reconforte. Ir y venir, entre la luz y las sombras, siendo cada vez más grandes, nunca detenernos, nunca limitarnos, sólo discriminar bien los senderos que caminamos. Como dice uno de mis escritores-de-letras-de-canciones favorito: “La decisión más cuerda en un mundo desquiciado: cuídate de la Bestia pero disfruta de los banquetes que ofrece”. Poder pasar otro par de jornadas en el Infiero, y hacerlo cuando se nos de la gana.
Que tengan todos una buena semana, llena de dolor y de excesos. Aprendan de todo lo que tengan a mano. Lo que no los mate los hará más fuertes, pero… ¡que no los mate!
¡Unis Summus, hermanos!

Inti Målai Perdurabo

Referencias Bibliográficas:
“Bhagavad Gita”, traducción del sánscrito al francés de Annie Besant, y al español por un equipo de “Editorial Hefaistos”
"Catequesis" por Juan Pablo II.
“Hymn to Lucifer”, por Aleister Crowley. Traducción libre.
“La Biblia Satánica”, de A. S. LaVey. Traducción de Daniel Meléndez
“La Santa Biblia”, traducción revisada a cargo de “La Casa de la Biblia”
“The Beauty of the Beast”, letra de Tuomas Holopainen. Traducción libre.
No encontré el pasaje exacto que cité del Dorian Gray, por eso lo puse en relativo.

lunes, 5 de abril de 2010

Gregorio VII me debe un día...

- Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
- Buenos días, señorita. Vengo a cobrar los días que me deben.
- ...¿Cómo dice?
- Sí, los días que me deben. Me debe, exactamente... dos días y seis horas. ¡Ah! Y cinco minutos... pero se los dejo en propina.
- O.o

Sí, parece estúpido, pero no, no es un chiste. Quizás aparenta serlo por el emoticón que puse al final, pero sólo es algo decorativo. Lo cierto y efectivo es que a todos nos están debiendo... un par de días.
("¿Qué está hablando este weón?")
¿No me creen? Déjenme que les cuente a qué me refiero.
¿Saben lo que es un calendario? No me refiero al que tiene fotos y sirve para contar los feriados, me refiero al concepto de Calendario. En sencillas palabras, es una manera de ordenar cíclicamente el tiempo, rigiéndose de la periodicidad de ciertos acontecimientos celestes. Por ejemplo, los hay solares, lunares, trópicos. No es tan fácil de hacer como parece, porque, si bien es bien fácil medir el tiempo que dura un día (ya que el Sol sale y se pone), realmente no es tan fácil luego hacer "grupos de días", porque mientras la tierra gira sobre sí misma (asumimos el modelo copernicano del cielo) en un tiempo x, el tiempo que la luna gira en torno a la tierra o esta última en torno al sol no es divisible exactamente en ese tiempo x. Lo que quiere decir que la tierra rota a un ritmo y se traslada a otro.
Ah, ¡eso ya lo saben! lo enseñan en los colegios. Y probablemente saben también por qué, cada cuatro años, Febrero gana un día más.
Los años biciestos son una verdadera maravilla del ingenio humano. Como alguien bien notó, la traslación terrestre dura 365 días y, aproximadamente, 6 horas. Si los días duran 24 horas, cada cuatro años habríamos residuado 24 horas, y ese día entero se lo gana Febrero para "refrescar" las horas residuales, y poder seguir la cuenta desde 0.
(Si alguien ya lo notó, sí, efectivamente, el año nuevo después de un año biciesto es en realidad a las 6 de la mañana del 31 de Diciembre; al Año siguiente, es al mediodía del 31 de Diciembre, luego a las 6 de la tarde, y en el año antes del Biciesto, sólo entonces coincide con la madrugada del 1 de Enero... Pero es mejor que eso no se sepa, porque... ¿Cómo nos carretiamos el año nuevo con esas horas?)
Bueno, el genio que notó eso de los años biciestos en realidad fueron varios genios, pero todos pagados por un compadre llamado Gregorio que, como podrán imaginar, era Papa, y vivía en Europa allá por el siglo XVI.
Resulta que este compadre antes de inventar su espectacular calendario, usaba el calendario que Julio César había inventado mucho tiempo antes. Y llegó el año 1582 en el calendario juliano, y el papa, como era costumbre, tenía que fijar la Semana Santa. Entonces según lo acordado en un concilio en el siglo IV, sería una semana después de la luna llena después del equinoccio de Primavera, que ocurría el 21 de Marzo.
Pero sus inteligentes astrólgos, al ver que terminaba Febrero y ya no había pinta de Invierno casi, se extrañaron, y salieron al campo y con sus instrumentos se pusieron a mirar las estrellas y...
¡Virgen Santa! Corrieron a decirle al Papa: Su Santidad, el Equinoccio va a ocurrir... el 11 de Marzo.
"¿Qué tontera me estás diciendo?" gritó Gregorio VII enfurecido.
"Pero señor, es cierto; el sol está casi en el punto del cielo en que ocurre el equinoccio... y eso ocurrirá el 11 de Marzo.
Asombrado pero no muy convencido, Gregorio mandó a que revisaran sus inteligentes cristianos qué estaba mal.
Sus astrologos y curitas inteligentes revisaron todos los pergaminos y papeles que tenían y descubrieron algo muy curioso; Un año no duraba días exactos. Eso, en todo caso, ya lo sabían, porque, igual como nosotros tenemos el 29 de Febrero, ellos también tenían días extra y cosas así para rematar las diferencias... el problema es que, al parecer, don Julio César, cuando contó el tiempo de traslación e inventó su calendario... contó mal.
En efecto, los astrólogos de Gregorio, atónitos, descubrieron que del año 325 (en que el equinoccio había sido el 21 de Marzo) al corriente año 1582, esos minutitos de más, minutitos de menos, se habían ido juntando... juntando... ¡Y ya contaban diez días!
¡DIEZ DÍAS! Durante más de mil años, ¡juntaron DIEZ DÍAS!!!
Enojado, Gregorio VII mandó que se inventara un calendario mejor, así que asignó a sus curitas para que le inventaran algo que funcionara mejor que esa porquería inventada por Julio César ("¡Pagano!" murmuraba entre dientes mientras se masajeaba la frente).
¡Manos a la obra! Al final el calendario que esos buenos hombrecitos inventaron no fue otro que el hermoso calendario que tenemos nosotros y que, a diferencia del otro, necesita algo así como 3.300 años para recién juntar 1 día con los conchitos de minutos.
Bien, ahora el calendario estaba listo, el problema era ponerlo en marcha. Recordemos que sin internet, sin televisión, es un poco difícil que todo el mundo arregle la fecha de una patada.
Pero Gregorio fue inteligente, y ordenó que se difundiera con anticipación la fecha en que un calendario saltaría al otro.

Así, de acuerdo a su plan, en cuanto terminara el 4 de Octubre de 1582, comenzaría el 15 de Octubre del Calendario Gregoriano, porque, esos diez días, técnicamente ya habían pasado.
Pero entonces ocurrió algo bastante gracioso; Gregorio y sus amigos movieron el calendario en la fecha acordada y se quedaron tranquilos de que sus fiestas religiosas estaban bien colocadas... pero... parece que no todos entendieron al vuelo la instrucción papal...
Por decir...
Los Franceses se demoraron un poco. Como se les había olvidado, recién el 9 de Diciembre se saltaron al 20.
En Paises Bajos también demoraron, y saltaron del 17 al 28 de ese mes, o del 21 al 1 de Enero en otras partes. Vale decir, esa gente no tuvo ni Navidad ni año nuevo ese año...
En Alemania la gente no pescó ni en bajada a Gregorio, y demoraron un año entero en decidirse a hacer el cambio de calendario.
En América también demoramos mucho, porque nos llegaron tarde con el recado.
Cuento corto, sumando y sumando minutitos del cambio de calendario, (porque tampoco eran DIEZ DIAS justos los que se había corrido el calendario juliano), y porque Gregorio consideraba que sumar 10 era más fácil que sumar 11 o 12 (como se cree que era el desfase real), en ese peculiar año 1582-83 nos robaron, como si nada, poco más de un día.
Es una desgracia que, a diferencia de mi socio del primer párrafo, realmente no haya a dónde ir a cobrar nuestras horas perdidas. Pero creo que sería cómodo, por ejemplo, cobrar ese día después de un cumpleaños, o a un día de devolver una película en Blockbuster, o un día antes de una prueba...

Me acordé de eso con motivo de Semana Santa, porque si los católicos todavía pueden fijarnos ese bendito feriado en viernes, es gracias a la gestión de Gregorio. Reflexionen acerca del día perdido, sobre todo si creen que el mundo se acaba al final del calendario Maya... porque, como dice la canción,

Wayfarer, hartlander
What if I only had
One more night to live?


Investiguen de estas cosas, es bastante entretenido. Que tengan todos una buena semana.
Inti Målai Perdurabo