martes, 14 de junio de 2011

De dioses y religiones (y esas cosas)


¡El famoso –y temerario– asunto de los Dioses!
Mis atentos, a lo largo de los ensayos que he publicado en este blog, deben haber notado (como mis amigos ya lo notaron hace mucho) que es tema sensible para mí el relativo a las creencias y religiones. Y muchos deben suponer (no injustificadamente) que refleja quizás una inconsecuencia de mi parte el mostrarme a veces tan partidario de creer en Dios, y otras veces ser tan burlón y despectivo para con los creyentes (o, más específicamente, para con los cristianos).
Bueno, para atender a esta no manifestada crítica y aprovechando que la ingenua terquedad política de mis dirigentes estudiantiles me ha dado tiempo libre de sobra, (llevo tres semanas en paro), quise dedicar un ensayo a mi concepto de religión y a mi forma de creencia, no en un afán puramente egocéntrico de hablar sobre mí-mismo sino también a manera de polemizar un poco sobre un asunto tan interesante como este.
No hay un espíritu de época desde el cual sea tan entretenido y a la vez tan inútil discutir sobre Dios como lo es el nuestro. Esto principalmente por dos razones: la primera, que tu cabeza no corre riesgo alguno, y segundo, que en realidad a nadie le tiembla el suelo escuchar tal o cual variante de lo que piensa.
Esto sin embargo acarrea un problema: que todo lo que no tiene la etiqueta de "contingente" pasa a ser mera palabrería, y con un par de mangazos de la subjetividad es posible destruir cualquier buen y sopesado argumento.
Por eso mismo voy a dirigir mi exposición de la forma más objetiva que me sea posible, sobre todo para que quede clara mi postura indiferente de si a quien me lee le hace o no sentido lo que estoy diciendo.
Pasemos revista rápida primero de algunos conceptos duros que vamos a usar durante el desarrollo de esta exposición: trataré creencia en su sentido más general, como aquel estado mental intencional que refleja la actitud de considerar algo como verdadero. (“the attitude we have, roughly, whenever we take something to be the case or regard it as true.”(1)). Luego, religión será un sistema de creencias (dogmas) que justifican un sistema de prácticas (rituales y morales). También trataré como dios a cualquier entidad trascendente, omnipotente o al menos más-potente-que-el-hombre, y que se manifieste de alguna u otra manera en el mundo sensible (ya sea como creador, primer motor, providente, etc.). Las preguntas filosóficas en torno a estas definiciones las dejo para otro día. Si alguien no está de acuerdo con la manera en que fijé los conceptos también puede retirarse, porque no voy a entrar en discusión de éstos. (Quizás en otra ocasión, pero me atendré a la crítica generalizada de que mis ensayos quedan demasiado largos, y me reservo estas disquisiciones).
El gran error en el que incurren todos los que intentan discutir sobre Dios está en plantear mal la pregunta. Ella NO es ésta: “¿Existe Dios?” Sino ésta otra: “¿Por qué creer en Dios?”
Si entramos en la pelea de si “existe Dios” caeremos en los clásicos absurdos subjetivistas del tipo: Dios existe para mí. La salida necesaria de bucles argumentativos de ese tipo es el abominable dictum agnóstico de la libertad de culto. Es decir, reducir la calidad ontológica de Dios a una mera valoración estética, en otras palabras, poner la afirmación “yo creo en Dios” en el mismo estatuto que, por ejemplo, “a mi me gusta el pan con mantequilla”. En ambos casos el final de la discusión es exactamente el mismo: “Entonces, como yo creo en Dios y tú no, déjame a mí creer en Dios y yo te dejaré a ti no creer en Dios, y dejemos de lado este asunto para no tener más peleas” (cf. Con: “Entonces, como a mi me gusta el pan con mantequilla y a ti no, déjame a mí con mi gusto por el pan con mantequilla y yo te dejaré a ti con que no te guste, y dejemos de lado este asunto para no tener más peleas”).
Ciertamente el problema por “qué es el gusto por el pan con mantequilla” es radicalmente distinto al problema de “por qué a algunas personas les gusta el pan con mantequilla”. Y en este ejemplo vulgar siento que queda bastante claro cual de las dos posturas es sensatamente más razonable de argumentar.
¿Por qué algunas personas creen que existe Dios? Aquí se puede dividir la problemática en dos aristas; por una parte la cultural-moral, y por otra parte la psicológica-intelectual. En relación a la primera respuesta creo que adscribo de forma casi total (al menos en lo que me dejó la primera lectura) a la que propone Nietzsche en el tercer tratado de su Genealogía de la Moral, por lo que a los que interese esta versión pueden consultar dicho escrito. Yo ahora me voy a ocupar de la psicológica-intelectual, es decir, de todos aquellos que “creen justificadamente” que existe Dios.
Es curioso constatar con la facilidad que la gente hoy en día utiliza la creencia como bandera. Por paradójico que parezca, vemos que a pesar de que mucha gente dice ser católico, por ejemplo, nunca va a la misa, o no se casa por la Iglesia, o muchos que dicen ser cristianos sólo se acuerdan del Nazareno cuando se enfrascan en discusiones bizantinas sobre lo divino. Personalmente me ha tocado conocer personas que uno con sorpresa se entera que “dicen ser” creyentes de tal o cual religión, porque no lo reflejan en sus actitudes. Cristianos que se leen la suerte o que no procuran alejarse del pecado, o rara vez son humildes de corazón, por ejemplo. Todos ellos tienen un mismo as bajo la manga: “me basta con creer”.
Todos estos creyentes no son verdaderos creyentes, y quiero aclararlo de antemano. Estas personas son más bien “agnósticos conversos”, vale decir, personas que redujeron, consciente o inconscientemente, la calidad ontológica de Dios a una valoración estética, como el gusto por el pan con mantequilla. Cuando hablamos de creencia estamos comprometiendo la verdad de lo que se cree, por lo tanto, si una persona cree que existe un Dios Padre, párvulo y pedagogo, que tiene un sartén de fuego y azufre esperando a los porfiados, es porque de hecho para esa persona existe tal cosa como el Padre educador y su castigo eterno, y sería ingenuo pensar que una persona que da por sentado que tales cosas son reales, aún así voluntariamente se aleje del buen camino.
Notar que estamos reduciendo la sentencia “creyente” sólo a los que militan bajo una religión, es decir, que su sistema de creencias les justifica ritos o conductas, como ir a misa o ser misericordiosos.
Por lo tanto, y para hacer la última separación conceptual de rigor, llamaremos “religiosos piadosos” a los que se identifican con una religión, sólo “creyentes” a los que no tienen un sistema de prácticas basadas en sus creencias, “ateo” al que defiende que no existe Dios alguno y “agnóstico” al que se abstiene de emitir juicio en la materia.
Hay dos maneras distintas de ser creyente piadoso, dos maneras de ser creyente, y una sola manera de ser ateo. Los agnósticos no me interesan por ahora.
Vamos a partir por los creyentes. Cuando pedimos a alguien que nos explique por qué motivos cree en Dios (excluyendo a los agnósticos conversos que dan cómodas respuestas “culturales”) nos va a responder siempre de alguna de estas dos maneras: la terapéutica y la lógica.
La creencia terapéutica (el nombre es mío) es aquella que entiende a Dios en el sentido de los Académicos neoplatónicos y en general de todo el monoteísmo occidental, vale decir, un Dios que aparece como consuelo ante una aplastante soledad ontológica. Dicho en palabras más simples, es el dios de los cobardes que, enfrentados a este mundo tan basto e infinito, se dicen: “No puede ser que estemos solos en el universo, no puede ser que estemos vacíos de sentido, que no tengamos propósito”, y entonces encuentran en Dios, ya sea como una conclusión personal (en el caso de Déscartes, por ejemplo) o como una revelación por escrito, un consuelo para sus vidas. Esta clase de creyentes son los que con frecuencia defienden su fe diciendo: “¿Cómo va a ser posible que existan tantos males en el mundo, tanta miseria y destrucción, si no hubiera un ser benevolente que al final dará su recompensa a los más débiles?” O sino, obnubilados por la grandilocuencia del universo, dicen: “¿Cómo va a ser posible que no haya detrás de este hermoso mundo un artesano que lo haya fabricado para nosotros?(2)). Éste es el Dios enfermizo que tanto odia Nietzsche, y es al que me refería en el ensayo que les subí el Domingo.
Pero hay otro tipo de creencia, a la que antojadizamente llamé creencia lógica, y que cree en el dios aristotélico del libro L de la Metafísica. Este Dios, radicalmente opuesto al anterior, surge como conclusión necesaria en un razonamiento metafísico (que puede o no estar correcto), por ejemplo, aquel que llamaba “Dios” a la causa primera del movimiento del mundo (3). Hemos de notar, sin embargo, que este Dios, por la naturaleza de la forma en que se manifestó al creyente (es decir, racionalmente), carece de algo que el otro puede tener perfectamente: una religión que se desprenda de él.
Esto no debería ser difícil de entender. Si Dios sólo aparece o se muestra por medio de la razón, no tiene espacio ni autonomía para escribir sus “tablas de la ley”, y por lo tanto, no debería servir de guisa para sustentar una moral.
Ahora bien, hemos de notar que en vistas de este último alcance que hice, ya podemos entrever cual de los dos Dioses tendrá una religión.
Llegados a los creyentes piadosos, como ya anticipé hace un rato, es posible distinguir otras dos categorías, esta vez referidas a la religión misma. Estas son la religión “por revelación” y la religión “numinosa”.
Entiendo religión por revelación aquella que recibe por medios -orales o escritos (bien, digamos “multimedia”, porque así como vamos…) la manifestación de su Dios, y entonces en torno a ella justifican su práctica religiosa. Notar que este tipo de religiones es del tipo apriorística, porque en la revelación encuentran una explicación del mundo, y por lo tanto, ella es el lente para percibir, medir y valorar la realidad.
En el otro extremo está la religión numinosa, es decir, aquella que tras su experiencia con el mundo comienza a “presentir” a los Dioses, y luego, por medio de “búsquedas” o “acercamientos”, acaba por nombrarlos y asimilar sus preceptos. Estas religiones también podrían llamarse “gentiles” o “naturales”, y fueron las que primero surgieron entre la humanidad (es más fácil encontrar a los espíritus del bosque, que ver la cara del arquitecto universal en lo alto de una montaña del desierto, por usar más o menos la misma metáfora que usa Schuré).
Y baste lo dicho para distinguir ambas religiones.
Luego, finalmente, si tuviera que clasificar a los Agnósticos conversos en alguno de estos grupos, creo que los pondría en una categoría especial de los creyentes piadosos en la cual su Dios terapéutico existe lo suficiente como para creer en él pero no lo suficiente como para practicar su fe (¡ni chicha ni limonada!). Aquí entran todos esos que dicen creer en Jesús, en Dios y la virginidad de María porque “es bonito” pero se saltan toda la parte del infierno, los mandamientos y los deberes para con su Dios.
(Debo notar que en todo momento, cuando hablé de “Dios” debí decir “al menos un Dios”, porque todo este armatoste abarca tanto al monoteísmo como al politeísmo (y al enoteísmo)).
¡Bien! Llegados al final de esta sencilla fenomenología de las religiones, ¿en cuál estoy yo? ¿Cuáles son los que me molestan? ¿Cuáles son a los que respeto?
Aunque por mucho tiempo defendí una creencia politeísta piadosa y numinosa, debo decir que ya la he abandonado casi por completo. Hoy me siento más tranquilo en el plano de la creencia en un Dios lógico (como el de Aristóteles o Einstein), es decir, me hace sentido creer que hay una o más inteligencias superiores trascendentes que actúan, de menor o mayor manera, y que influyen en el mundo sensible, pero porque la coherencia del mundo, para ser como es, los necesita. Encuentro que defender el ateísmo (somos la consecuencia del choque inerte de cosas que “siempre han estado ahí” y sólo existe lo que puedo ver y tocar) es no sólo simplón sino un poco “cerrado de mente” (por no decir lisa y llanamente “idiota”). Pero, por otra parte, creo –o quiero creer- que en alguna forma seguimos siendo libres, y si bien existen esos Dioses, ellos trabajan y viven indiferentes de nosotros.
Los que me molestan (y sobremanera) son los que me rompen el castillito de naipes. Por ejemplo, los cristianos que para defender la existencia y validez de su Dios, usan argumentos lógicos (San Agustín, por ejemplo), y no se hacen cargo del gran abismo (cuyo salto está totalmente injustificado) que hay entre llegar a la conclusión de que existe al menos un Dios y que ese Dios es el que inspiró la Biblia. En ese sentido me caen mejor los Agnósticos conversos, porque puedo convivir con ellos.
Aquí también entran los que en sus argumentaciones usan de premisas los postulados de su Revelación, y cometen brutales peticiones de principio de las que muchas veces ni siquiera son conscientes (San Agustín, de nuevo, por ejemplo).
Los otros que me molestan y a los que aborrezco quizás más que a los anteriores, son los que creen en Dios porque sí, o porque está de moda (como todos estos pseudo-hinduistas y budistas que compran Feng-shui envuelto a la manera del Sushi en paquetes para llevar y en su casa lo digieren con intestino occidental). Con estos ni siquiera se puede tener una conversación al respecto, porque para justificar sus argumentos van directamente a algo “que leyeron” o algo “que les dijeron”, pero no hay un manejo real de la problemática ni una propuesta seria. (Como me pasaba en el colegio con esos hijitos-de-papá que en su casa habían escuchado que Pinochet era el bueno y que para ellos era un argumento suficiente para defenderlo (ante un tribunal tan férreo y exquisito como puede serlo –y no lo digo en broma- una reunión de amigos durante un recreo)).
Los otros (a los que alguna vez apoyé pero terminé por mí mismo de desacreditar) que me sacan úlceras son los sincretistas, que aseguran que todas las religiones (¡todas!) y todas las formas de creencia (¡todas!) son maneras de decir lo mismo y que “eso mismo” es una religión X, a la cual pertenecen. Estos son reduccionistas de fe, porque para hacer funcionar sus sistemas de creencias necesitan mutilar siempre, en mayor o menor grado, todas las demás creencias y religiones. Estos son los que dicen que cuando crees en el dios padre de cualquier religión, sin saberlo estás rindiendo culto a su Dios, y por lo tanto sólo te queda convertirte, y ponerle el nombre correcto. Estos son zorrillos religiosos, porque por donde pasan dejan esa desagradable pestilencia de que “quizás tienen razón”, aun cuando en concreto su teoría no tenga asidero alguno.
Y después pero en grado más leve están los que usan argumentos numinosos para defender una revelación. Notar que esta es parecida a la primera, pero roba argumentos de su hermana gemela y no de su pariente lejano, así que no es tan grave. Quiero ilustrarlo con una anécdota personal: En el tiempo en que defendía mi politeísmo numinoso cometí el –quizás- error de ponerme a pelear en la calle con unos testigos de Jehová. Cuando ellos me preguntaron en qué creía yo, mi romántica y cursi respuesta fue: “creo en las fuerzas de la naturaleza, en la inteligencia que mueve al sol y a las estrellas y que hizo todo este mundo para nosotros”. Y entonces ella recurrió a su inmunda pero bien jugada artimaña argumentativa: “Pero, ¿Quién está detrás de todas las fuerzas de la naturaleza? Pues, DIOS” indicándome su Biblia.
Finalmente, ¿a cuáles respeto? Sencillamente, a los que son consecuentes con lo que creen. Los que creen piadosamente en Dios y siguen una religión por revelación, mientras no se me acerquen ni abran la boca cerca de mí, se ahorrarán la pelea, porque yo no les voy a buscar para pelear. Cada cual tiene sus fortalezas para enfrentar esta realidad y dependiendo de esas fortalezas cada uno encontrará necesario o no el asumir ciertas muletas psíquicas. También a los numinosos (a esos les guardo todavía más respeto) porque siempre mis Dioses estarán parados en esa delgada línea que separa la fría razón de la tibia contemplación y admiración del mundo. A los ateos me los paso por la… no, mentira. Jeje. Con los ateos prefiero no tener discusiones, porque es cierto que todos mis argumentos para defender la existencia de al menos un Dios si se analizan con cuidado tienen por donde falsearse (con algo de mala voluntad también, dicho sea de paso) y eso puede llevarnos a caer en bucles infinitos. Los únicos ateos con los que me gustaría alguna vez entablar discusión son esos que dan explicaciones psicológicas de la religión, no sólo en los casos de la creencia piadosa sino en todo tipo de creencia. No porque el argumento me suene sensato sino porque creo tener buenos argumentos para defenderme. Jeje.
Pero sin lugar a dudas los Agnósticos son los mejores de todos, porque te miran, dicen “ja, él cree en Dios”, pero la verdad, ni te tocan el tema porque no les interesa. Siempre que no me salgan con la del “Soy cristiano porque mi cultura me lo impone pero ni me va ni me viene creer o no creer” son, como ya dije antes, con los que mejor se puede hacer sociedad.
Inti Målai Perdurabo
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NOTAS:
(2) Me cabe mencionar que este argumento lo hice mío durante mucho tiempo, y, aunque ya no tan literal, todavía en parte lo defiendo.
(3) Hace poco me demostraron formalmente que este razonamiento de la “causa primera” no lleva concluyentemente a afirmar la existencia de una sola causa primera, sino de varias. Quién lo diría, ¡Escolásticos defendiendo el politeísmo!

sábado, 11 de junio de 2011

Ex nihilo

Creo que la mala conciencia es la profunda dolencia a la que había de sucumbir el hombre bajo el peso de la más radical modificación de todas las experimentadas, la cual no es otra que la que se produjo cuando se vio definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz

Friedrich Nietzshe

Dios es un concepto con el cual medimos el dolor

John Lennon

La naturaleza aborrece al vacío

Proverbio Aristotélico

He aquí al hijo bastardo de la tierra, he aquí la cosa más maravillosa y espeluznante de la naturaleza; un animal que niega su origen y se convierte en la nada.
Un animal que reniega de los árboles, y se bota por tierra, por capricho; que suelta las ramas y se yergue, por capricho; que se cubre el cuerpo y echa a andar… por capricho.
Este es el animal más extraño y más triste de todos los que caminan por la faz del planeta. Un animal que un día no quiso ser animal, y se enajenó de su propio mundo. Un animal que cayó del nido y buscó el abismo, que cortó demasiado pronto su cordón umbilical, porque no quería pertenecer a aquello que era todo lo que él era.
Y en su viaje, desterrado del útero de la naturaleza y perdido en la nada, resultó ser un bastardillo, un enajenado, un error entre ser y no ser, que rehuye del primero para negar el segundo.
Abandonado por sí mismo en los parajes desoladores del desierto que es la naturaleza para todo aquello que no le pertenece, este fabuloso ser increado y vacío de sentido halló algo infinitamente más fascinante y terrible que la naturaleza: la libertad.
Enceguecido, enamorado, enloquecido por ella, corrió. Subió a las montañas, bajó hasta los montes, nadó por el mar. Entusiasmado por la nada que significaba la negación del todo, se definió a sí mismo como la negación de todo ser; como el no-animal, como el no-bestia, como el no-instinto. Y en ese deseo morboso, arrogante y terrible de conquistar su ser, se llamó a sí mismo “alma”, que era no-cuerpo; “razón”, que era no-instinto. “Civilización”, que era no-bestia.
Y entonces nació el miedo. Del rechazo, del odio que sentía por la naturaleza, le dio la espalda y le negó sus más grandes misterios, sus más increíbles maravillas, y tuvo miedo de la muerte, de la violencia, tuvo miedo de la evolución, tuvo miedo de la catástrofe. Y, atemorizado, se reunió en torno a sí mismo para esconderse de su terrible Madre.
Y así comenzó a tener pesadillas. La libertad era demasiado grande, la naturaleza era demasiado peligrosa, y él se sintió pequeño, rodeado de peligros, y entrevió en su imaginación a los monstruos, y concibió cosas incluso más atroces y terribles que las que la misma naturaleza era capaz de producir. Y nuevamente se reunió en torno a sí mismo, porque sentía miedo de aquello que él mismo había creado.
Porque este ser, agonizante y herido, porfiado, engreído, aún no hallaba el lugar al que pertenecía; aún no tenía un refugio bajo el cual cobijarse. La naturaleza lo llamaba, como la madre bondadosa que siempre perdona al hijo descarriado; pero él negó su humillación (del latín humus, i “tierra, barro”), pisó fuerte la tierra, rasgó los montes, navegó los mares. Y en un intento desesperado por explicarse a sí mismo sin rendirse a aceptarla a ella, a su madre, miro hacia el cielo –hacia la nada- y entonces inventó a Dios.
En brazos de su nuevo y artificial padre, habiendo conseguido el pretexto para dormir tranquilo por las noches, se vanaglorió una vez más y poniendo la vista nuevamente en su verdadera Señora, la miró como a una esclava.
¡Qué osadía! ¡Qué arrogancia más impotente, qué acto más patético! El Hijo rebelde que huye de casa, y luego, derrotado, regresa para convertir a su progenitora en su sirvienta. Bajo el apodo satírico de “Hijo de Dios” llegó el hombre, se ubicó en la tierra e hizo a su padre decir: “Este es el mundo que he fabricado para ti”.
Y entonces el nuevo santificado ser se construyó un mundo encima del mundo que rechazó. Cubrió la tierra de cemento, apartó el sol con sus techos, secó los mares, contuvo los ríos, y correteó a los habitantes del planeta, a sus hermanos de vientre, fuera de los límites de su reino.
En su embriagadora sensación de poder se reencontró con sus pesadillas, con sus monstruos, y ya lejos de temerles, deseó domarlos, controlarlos, esclavizarlos; y así fue como se preocupó de hacer reales todos esos azotes terroríficos que nunca quiso conocer; Se convirtió en el Señor de la Muerte, en el Hacedor de Catástrofes, y fue cumpliendo con afán morboso y terrible todas y cada una de las pesadillas que llenaban sus noches de delirio.
Y una vez coronado Amo y Señor de la Vida y la Muerte, Hijo de Dios, Dueño y Rey del Mundo entero, todavía fue un poco más allá en su arrogante vanagloria, y, con todo el desprecio y la soberbia más despectiva… se “compadeció” de la naturaleza.
Domesticó al perro y al canario. Construyó el Zoológico, ayudó a parir a las bestias y germinar a las semillas. Detuvo la caza y preservó a las especies. Detuvo la evolución. Se asqueó de la naturaleza y la cambió a su gusto.
Trepó hasta los cielos. Llenó el vacío de colores y formas, explicó las estrellas y las partículas de polvo, y una vez entronado en la Galaxia, en el Universo, en el Tiempo y el Espacio, se deshizo de su muleta y acabó con Dios –porque ya no le servía para nada.

Y ahora, ¿qué?

Como el niño de rodillas rasmilladas que se cansa de imaginar mundos increíbles y fantásticas aventuras, el príncipe bastardo de repente se detiene; Ya no sabe qué más hacer.
Ha conseguido un lugar, un mundo, ha conquistado y ha vencido todas sus batallas. Ha hecho realidad todas sus pesadillas, ha doblegado a todos sus miedos. Y sólo entonces, sólo cuando consigue derrotar a la naturaleza y ganarse el derecho a “Ser”, se da cuenta que no sabe para qué lo hizo.
Si fue para negar a la naturaleza, entonces le queda todavía terminar de destruirla; pero necesita el suelo que pisa y el aire que respira. Si fue para afirmarse a sí mismo, ya ha logrado su propósito y ahora se ha vuelto inútil.
Quizás elija lo primero, y se invente un planeta, una dimensión paralela, una manera artificial de respirar –y quizás ya lo hizo.
Pero si se convenciera de lo segundo, entonces sólo cabría esperar la caída del telón. “La commedia é finita”, diría, y se sentaría a escribir profecías, a buscar señales en el cielo, en la tierra, en la galaxia, y jugaría consigo mismo a fijar fechas y a verlas pasar ante sus ojos con juguetona impaciencia; 1984, 1996, 2000, 2012…

¿En qué se ha equivocado? ¿Qué es lo que no ha comprendido? ¿Qué es lo que a pesar de haberse medido con la naturaleza hasta ponerse a su altura, aún no ha podido copiarle?

Tal vez sea que no basta “ser” para “estar”. Tal vez no basta el mundo, el tiempo y el espacio, no bastan el lugar y el origen para permanecer. Tal vez este ingenuo y temeroso ser no se ha dado cuenta que no es la vida, que no es el poder, que no es la libertad. Que lo que hace que la naturaleza, el mundo, la tierra, el universo sean eternos, perennes y rebosantes de sentido es precisamente la muerte, la destrucción, la necesidad. La conservación, antes que la preservación; la sobrevivencia, antes que la supervivencia. La alineación antes que la alienación.

Pero él es el preservado, el superviviente, el alienado; Él es el Camino, la Verdad, la Vida. Por eso está condenado a perecer, y a llevarse consigo a toda la naturaleza. Está condenado a destruir toda la realidad, a reducir el universo a cenizas. Ése es su propósito, su destino, su última finalidad; el único resultado lógico de su autocreación: hacer real y absoluto algo tan imposible y absurdo como la nada.


Inti Målai Perdurabo

domingo, 30 de enero de 2011

THE DOUBLE SUNSET- Tercera Parte

INTRODUCCIÓN

¿Quién relata las grandes historias? En toda gran epopeya, digna de ser contada, hay siempre un eterno espectador, un actor secundario que sigue en todo momento a su héroe, para recordar y más tarde poder comunicar e inmortalizar su labor; Este breve ensayo es un homenaje a quienes son, en la Guerra de las Galaxias, en el auge y caída del Caminante de las Estrellas, los pequeños espectadores que luego vendrán, a calidad de narradores, a contarnos la historia.

DE LOS ANDROIDES

Los Androides de George Lucas no respetan el canon común del robot de ciencia ficción; Lucas nos presenta un sirviente y un soldado, que es la calidad de todo autómata, sin embargo aquí la dicotomía hombre-máquina jamás se nos presenta. Es algo curioso de constatar que el androide de la Guerra de las Galaxias no sólo se acepta diferente al humano (o al wookie o al toidariano o a cualquier otra especie), sino que en muchas ocasiones parece disfrutar de aquellas diferencias. En un mundo lleno de razas y seres diferentes el androide encaja como uno más entre ellos.
Y sin embargo, existe el rango. Si analizamos con atención la forma en que se relacionan el resto de los actores de la sociedad con los androides, rápidamente nos daremos cuenta que en la metáfora espacial el androide es un esclavo. En SW:IV, cuando el tío Owen compra a C3-PO y a R2-D2 (¿Arturito?) la escena es una clásica compraventa de esclavos al estilo, digamos, tradicional (de hecho podría recordarnos la escena de “Gladiador” cuando al protagonista lo están vendiendo para las luchas).
En las naves de combate, tanto en la antigua república como en la flota de la rebelión, los pilotos van siempre acompañados de una unidad R2, a modo de asistente de vuelo. Esta figura tampoco es azarosa, si vamos a La Ilíada, por ejemplo, o simplemente a un libro de historia, descubriremos que en la Grecia arcaica e incluso en muchas otras culturas, y hasta muy tarde, el guerrero que iba en carro se hacía acompañar de un esclavo que llevaba las riendas y le facilitaba las armas.
Cuando Luke entra a la taberna en busca de un piloto de carga, el tabernero le dice que no sirve a los “de su clase”, refiriéndose a los androides, y lo increpa a que esperen afuera. Cuando entran al mismo puerto espacial unos soldados de asalto los hacen detenerse y al preguntar hace cuánto tiempo los llevan, Obi-Wan ingeniosamente los ofrece a la venta. Más tarde aún, cuando el Halcón Milenario hace su descenso de emergencia en la Ciudad de las Nubes, Lando Calrissian se muestra bastante indiferente, o al menos poco preocupado, al preguntar “¿problemas con el androide?”, como si se hubiera roto una lámpara. Luego, en el rescate de Han, los dos androides llegan a Java el Hutt como regalos de Luke.
De todos los androides –esclavos, que vemos en la Guerra de las Galaxias, la Unidad R2 es uno que llama poderosamente la atención. ¿Qué es una Unidad R2? Ateniéndonos al canon, la Unidad R2 es un dispositivo móvil capacitado principalmente para programar y leer computadoras (en las estaciones espaciales parecen haber tantos puertos de computador como tomacorrientes), almacenar información, llevar mensajes y hacer reparaciones pequeñas o realizar otras tareas sencillas (como acarrear cosas de poco volumen). Otro detalle importante es que la Unidad R2 posee un lenguaje de pitidos que no es inteligible para el común de los demás seres; sólo a veces, en los cazas por ejemplo, puede pasar pequeños mensajes por una pantalla a su piloto (como lo hacían los “radio” de los aviones de carga en los primeros tiempos de la aviación, porque no podían hablarse por encima del ruido del motor).
Esta primera incapacidad de la Unidad R2 hace que sea, en términos jerárquicos, todavía inferior a otros androides, los que “hablan”; C3-PO presenta siempre a R2-D2 como “su complemento”, es decir, una forma móvil de transportar aquellas funciones que él no posee (como hablar con una computadora, cosa que C3-PO, con sus seis millones de formas de comunicación, parece tener problemas para hacer). Cuando Anakin y Padme huyen a Naboo como refugiados (en SW:II) el androide que le sirve los refrescos (el snack viajero, por decirlo en cierto modo) lo trata con desprecio, al igual que el mayordomo (androide también) del Palacio de Java el Hutt, que lo pone a trabajar sirviendo tragos para que “aprenda a respetar”.
Contrastando todas estas evidencias ya nos parece cada vez más claro que la figura del androide representa a un esclavo; tienen dueños, se pueden comerciar, poseen funciones serviles y se “fabrican”, por lo que no tienen familia.
Sin embargo, todavía hay algo que debería llamarnos la atención: que en la Guerra de las Galaxias sí existe la esclavitud propiamente tal.
Cuando la nave de la Reina Amidala hace su descenso de emergencia en Tatooine, Qui-Gon baja con Padme para conseguir repuestos y ella se involucra por primera vez con ese mundo tan enajenado del suyo. Allí descubre que en ese planeta los humanos son esclavos de los toidarianos, suerte de insectos humanoides que pueblan Tatooine y que tienen a la cabeza de la escala alimenticia a las babosas o Hutts. Allí, comiendo con Shmi y su hijo, Padme hace un alcance crucial: “Las leyes de la república han abolido la esclavitud en la galaxia”.
…Y lo dice con total soltura, teniendo a R2 parada detrás de su asiento y esperándola.
Encuentro bastante importante esta escena porque nos dice otro poco del tipo de sociedad que se nos describe en la Galaxia. Recordemos un poco a las sociedades griegas; los atenienses, por ejemplo, se vanagloriaban de que en su ciudad habían conseguido el régimen más justo y libre: la Democracia. Y sin embargo, había esclavos en sus casas, pero, ¿por qué? Porque el esclavo no cuenta como ciudadano, quizás ni siquiera como hombre (Aristóteles hace el siguiente alcance: La entelequia del ser humano es la ciudad, porque el ser humano es por naturaleza un animal social. Por lo tanto, el bárbaro, que vive en los campos o en los caminos y no hace ciudades, no es humano, y por necesidad será más que humano, y semidiós, o menos que humano, y por lo tanto, es lícito esclavizarlo). Cuando el Español llegó a las Indias y se encontró con los aborígenes, los vio negritos y semidesnudos y mandó preguntar qué tipo de animal eran, o si acaso eran o no humanos. La Iglesia contestó que la Tierra entera es de Dios y que el Papa es el representante de Dios en la tierra, ergo las cosas que hay en la tierra le pertenecen a Dios, ergo le pertenecen al Papa, y que los hombres libres son aquellos que reconocen a Dios y a Jesús y al Papa, porque él les dio la libertad. En vista que estos negritos americanos no habían oído hablar nunca de Jesús ni del Papa, era “lícito” matarlos o esclavizarlos, pues a todas luces eran pecadores y paganos y eran propiedad del Papa. Cuando Darwin llegó a la Patagonia describió un tipo de ser que parecía un humano, pero como no parecía practicar religión alguna, este ateísmo natural lo relacionaba seguramente más con las bestias que con los hombres, así que los clasificó como animales y provocó su exterminio.
En la Galaxia muy, muy lejana parece ocurrir otro tanto con los Androides; son tan diferentes al ser común, tan artificiales, que ni siquiera cuentan dentro del censo de las especies vivas. Tienen personalidad y sentimientos, y queda ampliamente demostrado, incluso poseen una firme voluntad que a veces incluso contraría a sus amos y los lleva a mentir y a desobedecer (cosa que un robot normal Asimoviano no podría hacer), y demuestran, por usar la misma palabra que usa Luke, “devoción” hacia sus amos.
Así, vamos a ver que Lukas no sólo nos intenta educar en aspectos espirituales y místicos sino también en otros muy mundanos; los Androides, específicamente C3-PO y R2-D2, son personajes muy importantes en la historia, porque son los verdaderamente humanos. Anakin, Luke, Han Solo, Chewbacca u Obi-Wan son héroes mitológicos, semidioses, sus conquistas son gigantescas y metafóricas, en cambio las conquistas de los dos androides son humanas, totalmente cercanas a nosotros, los pequeños y simples mortales.
¿Cuáles son estas conquistas? En el caso de R2-D2, su libertad. En el caso de C3-PO, el valor, en todos sus sentidos.
R2-D2 aparece por primera vez en el canon reparando la nave de la reina Amidala; demuestra desde el principio un “talento” y un “valor” excepcionales, lo que le hacen merecedor de gratificaciones especiales. Más tarde, se convertirá en asistente de vuelo para la batalla de Naboo y cruzará su destino con Anakin, convirtiéndose en su paje y devoto servidor.
Testigo de todas las grandes batallas de las Guerras Clones, terminará en poder del capitán Antitis durante veinte años, hasta que por fin, la hija adoptiva del Senador Organa y natural de su primer amo, le encomendará la misión más importante de su vida; guardar y llevar a destino los planos robados de la Estrella de la Muerte.
La encomienda de esta misión es trascendente: Leia pone el futuro de la supervivencia de la rebelión en la memoria del androide, el mismo que recuerda toda la historia de la República (porque nunca, que sepamos, le borran la memoria), y se lo envía al asceta Obi-Wan. Leia en este acto muestra algo que ha heredado directamente de su padre: respeto por los androides.
Anakin nació esclavo y fue liberado para liberar y civilizar a la galaxia; este acto de humanidad profunda y desinteresada toca a todos los actores de la sociedad, y eso incluye, de forma totalmente excepcional, a los androides. Él construyó a C3-PO, y le toma cariño al hacerlo. Cuando conoce a R2 lo trata como un pupilo más que como un esclavo, incluso en una escena vemos que reprocha a Obi-Wan por retar al androide y le dice: “está aprendiendo”.
Anakin no ve diferencias entre el humano y el androide, o ve menos que las del común de su sociedad. Leia es el único personaje que más adelante mostrará un trato similar hacia estos autómatas.
Y Luke también, al igual que su padre, toma de paje y asistente de vuelo a la unidad R2. El hijo de Skywalker también adquiere esa familiaridad con el androide, le da su confianza, incluso más que a C3-PO, por eso planea con él y no con el intérprete el rescate de Han Solo. Desde un punto de vista meramente práctico y estratégico, es útil tener un cómplice que no puede hablar, porque no puede confesar en caso de ser atrapado…
El caso de C3-PO es un poco más interesante, porque parece más humano que el “barril rodante”, como despectivamente trata a su complemento. Construido como androide de protocolo, versado en más de seis millones de formas de comunicación, C3-PO es por decirlo menos intrascendente y hasta estorboso durante toda la primera trilogía, hasta que recién cobra importancia en SW:IV.
“Soy un simple intérprete, y no muy bueno para contar historias; no sé hacerlas interesantes”. El C3-PO de SW:IV es un sirviente pusilánime y aburrido. No es un androide muy leal, ni para con sus amos ni para con su complemento. Que él viaje en el Halcón Milenario y se inmiscuya en la guerra no es directamente importante para la causa, pero sí para él. Del cobarde sirviente que se mide en inteligencia (sin éxito) con R2, que lo mira en menos y lo presiona cuando es quien lleva los planos y puede reparar el hiperpropulsor del Halcón, muy poco quedará al final del viaje.
De esa figura casi cómica y “poca cosa”, al llegar a SW:VI vemos un C3-PO transformado; pero no ha conseguido su transformación entre sus amos. Su civilización posee una percepción del androide que nunca podrá cambiar: lo ve inferior por cultura, y C3-PO lo acepta. Pero cuando llega a la luna forestal Endor, C3-PO es recibido por los nativos como un ser completamente diferente; su cuerpo reluce como el sol, habla su idioma y “puede volar”. Para los nativos de Endor, C3-PO es un dios.
(Algo parecido, nuevamente, a lo que ocurrió en América, donde los conquistadores más intrépidos y los más avezados adelantados fueron en su mayoría ladrones y bandoleros de poca monta en España).
En compañía de sus pequeños amigos peludos C3-PO sufrirá una transformación. Estimulado por esta nueva percepción de sí mismo, sabrá superar su cobardía (cuando se ofrece a distraer a los soldados de asalto para dirigir la emboscada de los nativos), e incluso se volverá bueno para contar historias, cuando haga un resumen de la guerra ante los atentos oyentes.
La Guerra termina, el Emperador muere, Luke se hace Jedi; poco y nada afecta esto a C3-PO o su complemento. Ellos han luchado su propia batalla, a la par de los héroes, y la han ganado. Han hallado su lugar entre seres auténticamente vivos, primitivos, inocentes. Por eso pueden aparecer, finalmente, como los perfectos narradores de tan intrépida aventura; porque no le son menores en mérito.


Inti Målai Perdurabo
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Claves:

Canon
La Guerra de los Clones:
SW:I La Amenaza Fantasma
SW:II El Ataque de los Clones
SW:III La Venganza de los Sith
La Guerra de las Galaxias:
SW:IV Una Nueva Esperanza
SW:V El Imperio Contraataca
SW:VI El Retorno del Jedi
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