martes, 23 de agosto de 2011

Le jour de gloire est arrivé

La brisa susurraba nombres lejanos; el aire estaba lleno de ecos, de tambores y pisadas... pero en lo alto de aquella colina todo era paz.
Allí, sentado en un viejo cerco, estaba él. Su cuerpo había dejado de arder, sus ropas estaban húmedas. Los vivos colores de su peto rojo y dorado se habían desteñido, y una capa gruesa le pesaba en los destartalados hombros.
Se recortaba su silueta en el frío y blanquecino cielo nublado. Allá, en el horizonte, la luz se extraviaba y se fugaba en una sombra que venía creciendo.
Un hombre subía por la ladera. Él, que tenía la vista fija en esa creciente oscuridad, no le miraba, aunque había notado su presencia.
Jadeando, el hombre llegó a la cima. Era un anciano de capa remendada y barba sin cuidar. Le miró, entrecerrando los ojos por el viento, que era más fuerte allá arriba.
– Tanto tiempo sin vernos... – dijo desde lo alto del cerco el Espantapájaros, sin mirarle.
– Años, desde que dejaste tu patria... años – le respondió el anciano.
Guardaron silencio. El anciano, cansado, se apoyó en la cerca y miró al Espantapájaros.
– He oído hablar de tí últimamente...
– ¿Ah sí? ¿Qué cosas has oído? – preguntó sin mucho interés el Espantapájaros, todavía sin mirar al viejo.
– Se decía que el fuego en tu pecho se había extinguido. Que habías... renunciado.
– Mírame – dijo, sin mover la vista – ¿Ves alguna llama en mi cuerpo? ¿Me ves humear?
– Entonces es cierto... – en los ojos del viejo parecía brillar una cierta esperanza.
Sólo entonces el Espantapájaros le miró.
– Todos seguimos caminos distintos, aprendemos lecciones distintas. Mi camino se alejó de las calles, de los concilios y las multitudes el día que partí al exilio. Pero el fuego no se apaga; sólo va de un lado a otro, cambiando de forma.
– Pero mírate; ya nada arde en tí. Ningún ideal, ninguna causa... Ninguna consignia.
– Tres valores han muerto detro de mí; el fuego por tanto ya dejó el corazón que guardo en mi pecho de paja. Pero ese mismo fuego ahora arde en mi mente, en un lugar donde nada, ningún viento, ningún grito, ningún brazo armado puede apagarlo.
– Es una llama fría. No echa humo, no da calor...
– Por eso nadie puede apagarla; porque a nadie le molesta – y volvió a mirar al frente.
El anciano miró también. Luego de un incómodo silencio, volvió a mirar al Espantapájaros.
– Explícame – dijo, rendido.
El Espantapájaros sonrió.
– Todo lo que ves aquí, todo lo que ocurre, es el resultado de múltiples y particulares ecuaciones. Ánimos, experiencias, espíritus. Todo lo que tú eres son las decisiones que has tomado, lo que has aprendido de cada una de ellas. ¿Quién soy yo para juzgar sobre tus decisiones, si no llevo en mis hombros tus experiencias? ¿Quién soy yo para decirte que no habría hecho lo mismo en tu lugar, que no diría lo mismo si fuera tú?
El hombre guardó silencio, esperando a que continuara.
– Yo soy el resultado de una larga ecuación, de una larga cadena de decisiones, experiencias, ánimos. He vagado de pensamiento en pensamiento, de idea en idea, de acción en acción. He buscado entre los pensamientos ajenos, entre los pensamientos originales, he sacado mis propias conclusiones. ¿Quién eres tú para discutírmelas?
Otra pausa.
– Alguna vez creí. Alguna vez dije, “Soy un titere de la Democracia”, alguna vez toqué el cuerno del gallo espacial, alguna vez tuve ánimos para luchar. Lo que haya resultado de esa lucha, de ese ánimo, no es más importante que las conclusiones que saqué de ello. La verdad es que ahora ya no importa.
– Aún así, insisto en que me des tu opinión.
– Esto no se trata de tomar partido; se trata de observar. Una y otra vez, con limpia e implacable precisión, la rueda de la historia hace su giro; como un organismo vivo, la sociedad pasa de la enfermedad a la salud, de la salud a la enfermedad, y vuelve a comenzar. Es hermoso ver como todo toma lugar en el estadio que le corresponde. Que, infaliblemente, todas esas ecuaciones tienden al equilibrio, todas esas experiencias, todas esas decisiones, se encausan sin saberlo en los demarcados zurcos de la circularidad – bajó entonces del cerco, y cruzó su brazo sobre los hombros del viejo, indicándole con la otra mano hacia la sombra que crecía en el horizonte – Mira, allá, ¿no los ves? Ese humo que se levanta de los campos, son cientos y cientos de espantapájaros que han comenzado a arder; el fuego se propaga con velocidad, y cada vez son más y más los que se inmolan. Esos humos que suben pronto oscurecerán todo el cielo... y entonces comenzará. Una revolución se acerca...
El viejo le miró, desconcertado.
– ¿Crees en la revolución?
El Espantapájaros se apartó de él, fastidiado.
– ¡No se trata de creer o no creer! ¡Se trata de estar conciente, de saber mirar! – se le acercó de nuevo y volvió a mostrarle la fumarola – ¡Mira, mira! ¿Depende de mí, o no? ¡Yo no lo he provocado! Pero está pasando.
El viejo parecía comprender.
– ¿Y qué te parece? ¿Te gusta? ¿O no te gusta?
– Me complace – fue la extraña respuesta – Porque me deja tranquilo. Al principio reconozco que todo no fue para mí más que futilidad, que vanidad, que desahogo. Pero ahora, lo veo distinto. Y es que ha cambiado, ha crecido. Pero sigo estando tranquilo. Tranquilo en mi razón, tranquilo en mis conclusiones; el giro de la rueda no se ha detenido. La locura y la razón, la barbarie y la inteligencia, el instinto gregario y el liderazgo. La podredumbre y la primavera. Esta Democracia se pudre hasta las raíces, todo en ella apesta a demagogia; era cuestión de tiempo para que viniera la reacción. Si no era por esto, por otros motivos sería. A la muchedumbre no le interesan las causas. Ella no entiende de causas.
– Ahí vas de nuevo; primero querías gente que participara, ¡ahora te molesta que participen!
– Ahí vas de nuevo tú! Juzgándome o blanco o negro, o bueno o malo, o a favor o en contra. Limitado, cerrado, como eras antes y como sigues siendo. Deja de pensar como tú y trata de entender cómo pienso yo. La gente, tan predecible en su comportamiento como una colonia experimental de hormigas; luchan por sobrevivir, desde el miedo hacia el tedio. Dijo una gran mujer: “El miedo paraliza la sociedad y el aburrimiento la vuelve a poner en movimiento” (1). Es exactamente eso lo que está ocurriendo ahora. ¿No lo ves? Veinte años de demagogia son suficiente aburrimiento. Ahora, no tienen miedo. Ahora, van a salir, y van a dejar la embarrada.
– Hablas con respeto, y a la vez con desprecio, de la revolución.
– Hablo con justicia. Tomar la Bastille, destruir el palacio de Versailles y cortar las cabezas de la familia real no es un acto de cuerda y sana conciencia, es sólo vandalismo y barbarie; Todo un siglo de las luces no puede detener la naturaleza del salvajismo colectivo. Pero, ¿Qué reino hubiera gobernado esa familia real, si sus súbditos un día hubieran amanecido todos muertos por el hambre?
Al ver que el viejo no contestaba, el Espantapájaros continuó.
– Escucha los tambores. Escucha los gritos. Quizás ninguno de ellos tiene muy claro por qué grita, por qué golpea tambores. Han aprendido eslógans, repiten consignas, y lo más probable es que ni siquiera comprendan cómo funciona el mundo en el que viven. Y sin embargo, golpean, y gritan. Y hace unos años, hubieran guardado silencio y hubieran esperado en sus casas la hora de sus muertes. Hubieran dicho: “no se puede hacer nada”. Hoy no tienen mayores razones para creer lo contrario, y sin embargo... lo creen. Y lo sienten. Porque otros lo creen, porque otros lo sienten. Porque está de moda creer, está de moda sentir. Porque la moda es la única razón que conoce la multitud. Así, ya ves, se han puesto en movimiento.
– ¿En qué crees que termine todo esto? – preguntó el anciano luego de una larga pausa.
– En lo que tenga que terminar. En lo que concluyan estas largas ecuaciones colectivas. A lo que lleven estas decisiones. Sé que no es mucho – se apresuró a agregar, al ver que el viejo lo miraba algo defraudado – Pero yo no puedo darte más respuesta que esa, porque no estoy allá adentro. Ve, y pregúntale a esos Espantapájaros que se están Inmolando ahora. Ve, y pregúntales en qué creen ellos que terminará todo esto. Toda la belleza del ideal desfilará ante tus ojos, todo un siglo de las luces y los más deliciosos detalles de Utopía. Arder en llamas significa creer que nada es imposible, aunque ello siempre implique aceptar contradicciones; Porque, precisamente, ello es lo único capaz de provocar explosiones.
El viejo suspiró, y perdió la mirada. El Espantapájaros, al verlo, notó que estaba más cansado y demacrado que la última vez que le vió. Volvió a mirar al horizonte.
Una detonación llegó de lo lejos. El viento se agitó. El viejo se cerró la capa.
– Mucha suerte entonces, viejo amigo – le dijo al Espantapájaros – Este es tu mundo, no el mío; Esta es tu guerra, no la mía.
– Esta no es mi guerra, viejo – respondió el Espantapájaros, subiendo de nuevo al cerco – esta no es la guerra de nadie. Esto es sólo la fiebre, augurando que la enfermedad pronto será curada.
– Sí, eso espero... eso espero... – y así, sin más, el viejo volvió por donde había venido.
Volvió la paz a la colina, aunque el viento cada vez era más fuerte y eran más los ruidos que cargaba. El Espantapájaros, envuelto en su capa, no se movió de donde estaba, y siguió contemplando esa nube negra que crecía, crecía, crecía...


Inti Målai Perdurabo
(1) Natalia Boldt

viernes, 19 de agosto de 2011

THE DOUBLE SUNSET - Séptima Parte



Donde antes había oscuridad, hoy hay luz; pero también donde había luz hay ahora oscuridad. La hazaña del héroe moderno debe ser la de pretender traer la luz de nuevo a la perdida Atlántida del alma coordinada. ”
JOSEPH CAMPBELL

DE LA GUERRA DE LAS GALAXIAS
En la primavera de 1977 el en ese entonces joven cineasta estadounidense George Walton Lucas Jr. estrena para su país y el mundo su película “Star Wars”; Un hombre normal, con una vida normal. No es un iluminado ni tampoco un iniciado, le gustan las historietas como a la mayoría de la juventud de su tiempo y ama las películas de acción y de ciencia ficción, como cualquier otro nerd de su tiempo.
Tampoco podemos decir que tiene ideales elevados; Las cinco películas que se sumaron a la rebautizada “A new hope” además de las toneladas de material artístico y literario que las acompañaron constituyen hoy en día una de las franquicias más millonarias del mundo. Fue esta primera película (y “Tiburón” de 1975) la pionera del concepto de Blockbuster, es decir, un éxito de taquilla. Desde entonces se dio un giro al cine hollywoodense hacia lo que es hoy en día (películas destinadas a llenar salas de cine y a vender grandes cantidades de merchandising asociado, con lo que se exigen tramas sencillas y muchos efectos especiales). Y a pesar de todo eso, año tras año, día tras día, cientos, miles, millones de personas, de todas las edades, de ambos sexos, leen, juegan, comprar, arriendan, piratean, sueñan con cada uno de los episodios de esta historia; es una de las epopeyas que más toneladas de fanfics acumula en Internet y se regodea de tener un Universo Expandido, tan completo y detallado que compite en depuración con otros más cultos, como el de Tolkien. ¿Somos sólo niños jugando a las navecitas espaciales? ¿Gente ociosa, poco seria, locos quizás?
Queremos creer que no.
¿A cuántos no les ha pasado que, al ver una película de aventuras o leer una novela de ficción, siente que su propia vida resulta ser bastante aburrida? ¿Cuántos no hemos salido del cine con la imaginación por las nubes, imaginando esgrimir poderosas armas o arrojando los más increíbles sortilegios? ¿Cuántos no fantaseamos, cuando estamos solos o caminamos por la calle, imaginándonos héroes o villanos de alguna fabulosa aventura inventada?
¿Es mera gimnasia de la mente, el hacer todas estas cosas? ¿Es gratuito, es voluntario, o pareciera ser que muchas veces lo necesitamos? ¿Por qué volvemos, una y otra vez, a ver “La Guerra de las Galaxias”? Hemos llegado a memorizar los diálogos, a predecir las escenas, algunos seríamos capaces de reproducir, paso por paso, la coreografía de los duelos de espadas de luz. Y sin embargo, no nos aburrimos. Hay algo en la máscara de Darth Vader que lo hace imponente, hay algo en el amor de Padmé y Anakin que conmueve profundamente, hay algo en el maestro Yoda que inspira admiración y respeto, una y otra y otra vez. ¿Qué es ese algo?
El Humanismo (el verdadero humanismo, no el diferenciado de letras y ciencias sociales del colegio) nos entregó como especie la ciencia, la crítica, la democracia, la verdad. Nos abrió los ojos, “mató a Dios” como diría Nietzsche, nos procuró ese “mediodía del positivismo; la hora sin sombra”, nos enseñó a caminar por nosotros mismos y a hablar desde el yo; el Sujeto Trascendental de Kant, instanciado en todos y cada uno de nosotros.
Pero, como diría Campbell, trajo luz donde antes había oscuridad; pero dejó en sombras lo que antes era luz. Aprendimos a caminar por nosotros mismos, pero perdimos contacto con todo lo que nosotros éramos; con nuestras raíces, con nuestra esencia, con la matriz misma del ser humano. Con la naturaleza, con el mundo, con nuestras tradiciones y con nuestra cultura.
Hoy la cultura es como el papel higiénico; se considera una trivialidad, su función es casi estética, una mera formalidad, y por lo tanto viene en múltiples formas, tamaños y colores. Hoy, donde quiera que esté, el hombre puede comprar una acolchonadita cultura oriental, o, si no tiene los recursos, conformarse con la áspera cultura pop de occidente. Sin más aprende idiomas extranjeros, escucha música extranjera, se viste a la usanza de lo extranjero; pero no podemos culparle por esto. Y es que en cada seno, en cada familia, en cada ciudad, en cada nación, ya no hay culturas propias. Ya no hay un Pueblo, hoy por hoy sólo hay muchas “personas” que viven en un territorio delimitado y bajo una jurisdicción similar. Sólo muchos distintos Sujetos Trascendentales, con la misma calidad ontológica que los demás.
Cuando la ciencia, la verdad y la democracia nos quitaron el “yugo” de la tradición, nos dejaron desnudos ante un mundo de átomos, vacío de sentido y de concepto, inerte, sin propósito. “La vida es algo que le ocurre a la muerte”, dirá Nietzsche, no enunciando realmente un portentoso descubrimiento filosófico sino que parodiando lo escandaloso y doloroso de la condición del hombre moderno.
El humanista ha pretendido que el hombre es mejor cuando conoce la verdad; es mejor cuando no se deja engañar por “falsos” ídolos, por funestas religiones que sólo buscan robarle el dinero o controlar su mente. El humanista ha pretendido que el hombre necesita la libertad en su sentido más absoluto; y le hemos creído.
Pero van pasando los siglos, y año tras año, cada vez más, vemos que estos hombres y mujeres no soportan la libertad. No soportan la ciencia, no soportan el Sujeto Trascendental. Porque cuando nos quitaron la tradición, nos quitaron los Arquetipos. Nos quitaron a los Dioses, pero también nos quitaron el alma.
Edgar Allan Poe escribiendo sobre fantasmas y fenómenos paranormales, Freud explorando los misterios de los traumas y Jung las imágenes de las cartas del Tarot; Helena Blavatsky buscando la verdad en el Tibet y Tzará y Breton en los sueños, los Beatles drogándose con especias de oriente, Gary Gygax haciendo entrar a sus héroes en un laberinto, Disney reviviendo en colores los antiguos y terribles cuentos germánicos, Tolkien dándole un hogar al hobbit o George Lucas imaginando una galaxia muy, muy lejana no son ejemplos de intelectos ociosos o infantiles, muy por el contrario, son ánimas intentando escapar de la prisión de la ciencia y la Objetividad. Son desesperados intentos por decir afirmativamente “Hay algo más”. Y no es que lo quieran porque “no les gusta esta realidad”; lo quieren, porque lo necesitan.
Muchos podrán decir que la Iglesia Católica pudrió a Occidente durante casi mil años de Edad Media; Es la visión del hombre humanista que se dice a sí mismo orgullosmente ateo. Pero cabe hacerse la pregunta: En un mundo donde César, que lo era todo, cae derrotado; en un mundo donde Roma, el ombligo del mundo, queda deshabitado; en un mundo donde los caminos desaparecen entre la hierba y las fieras recuperan los despoblados, ¿Qué mundo queda? ¿Qué hubiera sido del hombre europeo, del ser humano occidental, sin ese opio que le mantuvo tranquilo y manso por más de diez siglos, diciéndole que “el reino de los cielos” vendría a ocupar el lugar que dejó el que se acababa de derrumbar?
Es curioso notar, por ejemplo, que sólo dentro de las corrientes socialistas del pensamiento político se gesta cultura; en lationamérica tenemos la revalorización por los sonidos nativos o las lenguas originarias y en el tercer Reich vimos que importantes figuras del pensamiento y el arte (como Mies van der Rohe o Martin Heidegger) se enrolaron en el partido Nacionalsocialista Alemán, por dar un par de ejemplos. Pero, por más que busquemos, no encontraremos cultura “del liberalismo económico”; no hay “música de proselitismo capitalista” de ningún tipo (¡CUIDADO! El nacionalismo NO ES capitalismo; existe un difundido error de creer que los Nazis eran “de derecha”), si bien es cierto que el pop y la música comercial no existiría sin el soporte enajenado de la cultura de masa, pero no le promulga como idea (y de hecho suelen ofenderse los músicos al oír que su música es “comercial”).
La razón de esto es bien simple; en el momento en que piensas para la gente, es decir, tu preocupación es el ser humano (y no el inerte dinero), de inmediato salta a la vista la necesidad de una cultura, de una identidad colectiva. El sentimiento profundo de que uno piensa, vive y habla desde su espíritu de época, que uno es lo que es en contraste con los demás.
Al hacerse imposible reconstruir el cordón umbilical, al olvidar el camino de vuelta a casa y vernos perdidos en el desierto, nos vimos en la obligación ontológica de hacer cultura de nuevo; de reinventar mundos, dioses, ideales, sueños, arquetipos y valores para poder devolverle a nuestras vidas el sentido que les falta. Si “La Guerra de las Galaxias” hubiera estrenado en el seno de una civilización mítica, tradicional y rica culturalmente, sus espectadores la hubieran mirado con el mismo fingido interés que los estoicos mostraban al oir la prédica de san Pablo en el Areópago de Atenas; como siendo testigos de un mundo paralelo. Pero a este lado, en este tiempo, en esa juventud y esa humanidad que sangraba el embiste de dos guerras mundiales y mojaba la cama por terroríficas pesadillas nucleares, cuando estas dos naves cruzan raudas y veloces la órbita de Tatooine, ahí, ante sus maravillados ojos, extasiados sus oídos por el maravilloso aporte de John Williams, se abrieron las puertas a un mundo totalmente nuevo; un mundo lleno de sentido, unido y vivificado por “la Fuerza” (¿Qué otro nombre podía tener, algo tan simple como vital y necesario?), donde es posible salir de casa, donde es posible destruir la Estrella de la Muerte, donde es posible convertirse en Jedi. Hoy que la vida es fácil, hoy que vivir es simple (no hay iniciaciones, no hay dragones ni umbrales y uno muere tan “humano” como nació), contemplar la evidencia de que es posible hacer la diferencia, en que es posible superarse, en que es posible ser mejor, en que es posible ser un héroe, no sólo nos embriaga con la idea sino que nos atrae como un instinto vital. Ser un Jedi es mucho más que mover objetos con la mente o usar un sable de luz; es saber que has derrotado al Lado Oscuro, es saber que la gente te mirará con respeto y te dejará pasar; es saber que en algún lugar hay un niño que piensa que “nadie puede matar a un Jedi” (SW:I), es saber que eres único, que eres especial, pero a la vez, que eres parte de algo. De algo grande, de algo vivo. No un engranaje en una máquina, sino un órgano en un cuerpo.
La Guerra de las Galaxias no promulga una profunda filosofía ni una compleja apuesta ontológica; no necesitamos nada de eso. Somos como el pueblo francés, que alabó a Rossini y la obertura de Guillermo Tell, cansado de tantos complejos y doctos compositores que creaban prolíficas obras de arte pero no comunicaban nada a nivel folclórico. La Guerra de las Galaxias tiene la justa medida entre lo espiritual y lo entretenido, entre lo serio y lo juguetón, entre Yoda y C3-PO. Somos los que queremos estar en la mitad, no ser ratones de biblioteca, amargados y con la mirada gacha, pero tampoco ser pelafustanes simplistas que viven en función de MTV. Tendemos al equilibrio en la Fuerza.

Ahora me vuelvo hacia todos esos que nos miran, y pestañean. Que se preguntan, “¿Por qué, siendo que escribe tan bien y de cosas tan profundas, se abajó para perder el tiempo en siete largas reflexiones sobre “La Guerra de las Galaxias”?”, que se ríen por lo bajo, que murmuran con vergüenza “maduren”; Hacia todos ellos me vuelvo ahora. No somos sólo los fanáticos de la Guerra de las Galaxias, o los que leímos el Señor de los Anillos, o Harry Potter; no somos sólo los que todavía ven películas para niños, o juegan computador, o incluso se sumergen en los juegos de rol, o en los juegos de cartas. Somos, ni más ni menos, los que todavía conservamos el alma, los que todavía tenemos alas, los que no nos hemos resignado a ocupar un rincón entre los dos engranajes que determinan nuestra funcionalidad, los que todavía nos fugamos por las noches, somos los escapistas, somos los Caminantes del Cielo. Y si tú no entiendes lo que esto significa para nosotros; y si tú sólo ves juegos infantiles y un vergonzoso sentido de la irresponsabilidad, y si tú sólo nos consideras ridículos y anecdóticos, es porque tú no eres más que un simulacro de árbol: nos miras, te ríes, pero por dentro estás muerto.
Y a todos mis hermanos padawans, a todos mis compañeros, a todos ustedes que disfrutaron, sufrieron y vivieron viendo la Guerra de las Galaxias, a todos a los que les gustó este ciclo de siete charlas y que quizás se quedaron con gusto a poco... con amor y con respeto les saludo. Que la Fuerza los Acompañe, siempre.

Inti Målai Perdurabo

Bibliografía:
Cité de forma antojadiza a varios autores y en algunos casos no recuerdo la fuente exacta, sin embargo, a grandes rasgos todas las ideas ajenas que expuse las pueden encontrar en los siguientes títulos:
“El héroe de las mil caras” de Joseph Campbell
“Así habló Zarathustra” de Friedrich Nietzsche
“El Ocaso de los Ídolos” de F. Nietzsche
“Lo sagrado y lo profano” de Mircea Eliade
Los datos estadísticos los obtuve todos de Wikipedia.
Fe de erratas: en algunos ensayos escribí el apellido de Lucas con "k".

martes, 16 de agosto de 2011

THE DOUBLE SUNSET - Sexta Parte



INTRODUCCIÓN
A lo largo de este año gran parte del material que he subido a la Granja del Mago ha girado en torno a la Guerra de las Galaxias, en lo que he denominado el “ciclo de charlas THE DOUBLE SUNSET”, una reflexión hermenéutica que busca proponer una segunda lectura detrás de la hexalogía de Lucas. El final de ese ciclo de charlas está muy cerca, y por lo tanto, ha llegado la hora de hacer de abogado del diablo.
Porque en los cinco ensayos precedentes mi intención ha sido, apoyado por mi tesis del Doble Ocaso, salvar en cierta forma la reputación de la hexalogía y también entregar una interpretación profunda y madura de la historia presentada. Sin embargo, en este sexto ensayo, atacaré directamente la saga para hacer hincapié en aquellos “detalles” que parecen habérsele escapado a Lucas, cuando nos trajo la precuela de su original Guerra de las Galaxias. Por eso este breve ensayo se llama

DE LOS ERRORES

Descubrirás que muchas de las verdades que creemos y aceptamos dependen en gran parte de nuestro punto de vista...
OBI-WAN KENOBI

Esa sabia frase del maestro Obi-Wan (SW:VI) parece ser una verdadera profecía que nos previene sobre lo que, años más tarde, Lucas le haría a su opera magistra. Es cierto, la precuela sobre la Guerra de los Clones no sólo es un anexo sino que un invaluable complemento a la original Guerra de las Galaxias, pero para nadie -y por lo tanto para nosotros, los fanáticos incondicionales, tampoco- es un misterio que la coherencia entre ambas trilogías no resultó del todo exitosa. Y, más curioso todavía, demostraré en breve que casi todas esas incongruencias... son culpa de Obi-Wan.

Vamos en orden. Comenzaremos por la Guerra de las Galaxias (SW:IV-VI) y dibujaremos a través de dicha trilogía el panorama del pasado que nos testimonia esa historia; y luego veremos en qué puntos falla la trilogía de la Guerra de los Clones (SW:I-III).
Primero: R2-D2 asegura que tiene un mensaje privado para Obi-Wan Kenobi, su antiguo dueño; sin embargo, al encontrárselo en el desierto, Obi-Wan no le reconoce. En SW:II y SW:III sin embargo R2-D2, el androide de vuelo de Anakin Skywalker (Darth Vader en persona) no sólo es conocido para el maestro Kenobi, sino que le es incluso familiar. Pero, si recuerda al androide y no quiere reconocérselo a Luke, no sería la primera ni la última mentirilla que el “viejo loco” va a soltarle al muchacho.
“No he usado el nombre de Obi-Wan desde antes de que tú nacieras” (SW:IV). Eso también es, por poco, mentira; parece inverosímil, pero la verdad es que no lo es, porque si nos fiamos de la versión original, el tiempo transcurrido entre las Guerras Clones y el encuentro de Luke con Obi-Wan se nos figura mucho más largo.
Omitiremos el hecho de que tampoco recuerde a C3-PO, pese a que también lo conocía de hace tiempo.
Sigamos. Obi-Wan, al entregarle el sable de luz a Luke, le dice que “tu padre quería que la recibieras cuando fueras mayor, pero tu tío no lo permitió” (SW:IV), lo que claramente no es cierto, porque, como sabemos, ese sable de luz lo recogió nuestro amigo Kenobi de Mustafar luego de mutilar a su antiguo discípulo y abandonarlo junto a un río de lava. Pero obviamente esta nueva mentira blanca no se compara con la que le cuenta inmediatamente después. ¡Jueh!
Algo que podría parecer un error (pero no lo es) es el detalle de que al comienzo de SW:V se dice que Vader está “obsesionado por encontrar al joven Skywalker” siendo que al final de SW:IV él no tenía idea de quién fue el piloto que destruyó la primera Estrella de la Muerte. Esto se debe a que en un cómic (de los primeros que luego constituirían el Universo Expandido) que apareció tiempo después del estreno de SW:IV se narra un primer combate entre padre e hijo, del cual Luke habría alcanzado a escapar (con todas sus manos).
Luego, encontramos a un pobre Luke delirando y muerto de frío en Hott, al cual se le aparece el fantasma de su maestro (nuevamente) para decirle que viaje al sistema Dagobah porque “allí aprenderás de Yoda, el maestro Jedi del que yo aprendí” (SW:V). Sin embargo, sabemos que Obi-Wan no fue entrenado por Yoda, excepto quizás en un inicio (Yoda entrenaba a los padawns más pequeños, como se aprecia en SW:II), sino por Qui-Gon Jinn, antes y después de su muerte (como lo aclara Yoda al final de SW:III). Sin embargo, podría pasar por un mero “detalle retórico”, siendo que Yoda era el capísimo de los Jedis durante la República. Pero esto no se condice con el diálogo que tienen Yoda y -el fantasma- de Obi-Wan en Dagobah, cuando el último intenta convencer a su “maestro” de entrenar a Luke.
La cosa no termina allí, señores. Luego tenemos el pequeño problema de ese intercambio tan misterioso de palabras entre Yoda y Obi-Wan: “Él es nuestra última esperanza” “No; hay otra” (SW:V). ¡A ver, a ver! ¡Momento! En SW:III vimos cómo Obi-Wan asistió al parto de los dos gemelos... y luego resulta ser que ¡no recuerda que Luke tiene una hermana! (a menos que haya sido otro juego retórico... para engañar a Yoda).
Como vemos, todos los errores que hemos mencionado hasta ahora son “culpa”, por así decirlo, de Obi-Wan. Quizás podría ser cierto que esos veinte años de soledad en el desierto lo hubieran trastocado un poco, argumento suficiente para justificar todos los errores que hemos revisado hasta el momento; pero los que vienen a continuación no pueden salvarse tan fácilmente.
Por ejemplo, cuando nos trajo la precuela, ¡al parecer a George se le olvidó que sus Jedis se desvanecían al morir! Sólo Obi-Wan (en combate) y Yoda (de viejo) desaparecen luego de expirar; en toda la espantosa carnicería de la purga en SW:III, además de la muerte de Qui-Gon (SW:I) y la batalla de Geonosis (SW:II), vemos que los Jedis dejan sus cuerpos atrás al “unirse a la fuerza”. ¿Habrá empezado a ocurrir más tarde ese curioso fenómeno, o lisa y llanamente se le olvidó a Lucas? (no me extrañaría que en el Universo Expandido hubiera una muy buena excusa para salvaguardar esta falta).
Aquí les va otra; Al final de SW:III Palpatine y su discípulo contemplan con orgullo los inicios de la construcción de la Estrella de la Muerte. De acuerdo con esto, ¡el proyecto tardó ni más ni menos que veinte años en concluirse! Y de hecho, en el Universo Extendido se aclara que efectivamente ese fue el tiempo que demoró la obra. Claramente todos los problemas que vió esa primera obra ingenieril no los vió la segunda, puesto que quedó “bien equipada y operacional” para SW:VI en tiempo récord.
También en SW:IV, el primer estrangulamiento a distancia (y no el último, pero sin duda el más espectacular) lo protagoniza Darth Vader sobre el hombre que “construyó la Estrella de la Muerte...” ¿Dónde estaba ese hombre en SW:III? ¿En SW:II? ¿Es él realmente el gestor de ese “terror tecnológico”, o no es más quizás que un jefe de peones?
En SW:VI Luke le pregunta a Leia: “¿Recuerdas a tu madre, a tu verdadera madre?” y ella le responde: “Sólo tengo imágenes. Era una mujer muy hermosa... pero triste”. ¡Vaya, qué buena memoria tiene! La madre a la que tan sólo conoció... minutos después del parto.
Ahora un pequeño detalle con las proporciones del universo; el hiperpropulsor es el aparato mediante el cual las naves se permitían viajar más rápido que la luz y así recorrer la galaxia de un extremo a otro. Si en SW:I al principio la nave de la reina Amidala es dañada y su hiperpropulsor no funciona, razón por la cual no logró alcanzar Coruscant... ¿Cómo llegó a Tatooine? ¿Debemos entender que Tatooine es un planeta del sistema Naboo, o que están peligrosamente cerca... o que ese viaje de escape duró mucho, mucho tiempo...?
Creo haber destacado los “errores” más importantes; considero que cualquier otro que pudiéramos mencionar ya sería hilar demasiado fino (no queremos caer tampoco en la mala fe). Sin embargo, estoy abierto a que si alguno cree importante compartir o destacar alguno que yo no haya incluido aquí, bienvenido sea.
Al margen de todos estos pequeños errores en la congruencia de la historia, la Guerra de las Galaxias sigue siendo internamente coherente, y donde los fuertes argumentales están sólidamente ligados y relacionados, por lo que darle a los errores que destacamos aquí más valor que el de meras anécdotas sería un acto de malicia más que una crítica seria contra el Cánon de la hexalogía de Lucas.

Inti Målai Perdurabo
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Claves:

Canon
La Guerra de los Clones:
SW:I La Amenaza Fantasma
SW:II El Ataque de los Clones
SW:III La Venganza de los Sith
La Guerra de las Galaxias:
SW:IV Una Nueva Esperanza
SW:V El Imperio Contraataca
SW:VI El Retorno del Jedi
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