martes, 7 de enero de 2014

Prolegómenos (a todas mis verborreas futuras)

Si creían que tenía algo botada la Granja del Mago, deben saber que sí, es cierto, pero no porque la haya olvidado o le haya perdido el interés. Es innegable que Evolans me ha tenido bastante entretenido (yo siempre voy cuatro o cinco capítulos más adelante que los que publico, y debo conservar ese ritmo de escritura o todo se iría irremediablemente al carajo), pero la verdadera razón es que en los últimos meses (podría decir, sin temor a equivocarme, “en el último año”) algunas ideas nuevas se han cruzado en mi camino y me han tenido casi en un coma intelectual, ya que ponen en jaque un montón de cosas que antes creía y ahora dudo (lo realmente entretenido de construir castillos de naipes es... ¡derribarlos!) y esta enorme crisis ha hecho imposible que escriba con seguridad acerca de ningún tema.
Sin embargo decidí darme un respiro en esta vorágine de cosas que me queda por leer (de esos libros que debes soltar luego de la segunda hora porque ya no entiendes nada, pero que no te dejan tranquila la conciencia hasta que los retomas, y que son mis favoritos) y aprovecharé la ocasión de estrenar mi nueva Granja del Mago (no habían notado la nueva decoración, ¿eh?) para presentarles un avance, o mejor dicho una pincelada, de aquellas cosas que hoy por hoy me andan quitando el sueño. Al menos de lo que llevo y que parece ser más estable, es decir, los puntos de partida y algunas de las consecuencias que se dejan entrever.


“The autors think that we are experiencing the changes from the old view of cause and effect as the core to a new view with evolution as the core”

Abstract del “Paper de los chinos”

Cualquiera que haya estudiado con mediano interés la historia de las ciencias o de la filosofía, se habrá percatado que las diferencias entre posición y posición revisan o discuten en torno a ciertos problemas de base, a los que podríamos llamar parámetros críticos (Existe o no existe Dios; es la tierra o el sol el centro del universo; la velocidad de la luz es constante o relativa, etc), conservando siempre otros principios fundamentales, que podríamos llamar parámetros mínimos (como las leyes generales de la lógica, la matemática y el lenguaje).
Por ejemplo, podemos preguntarnos si las cosas tienen o no existencia propia más allá de nuestra percepción. Asumir cualquiera de las dos posiciones (Sí, la tienen [realismo]; o No, no la tienen [idealismo]) define un parámetro crítico de nuestra metafísica. Pero asumimos que sabemos lo que queremos decir con “cosas” y usamos esta palabra en un mismo sentido cada vez que la proferimos. Este es un parámetro mínimo. Un parámetro crítico en física podría ser la ley de inercia; y un parámetro mínimo, la conmutatividad de la suma en los números Reales.
Un criterio informal pero muy útil para distinguir entre los parámetros mínimos y críticos es ver cuáles admiten escenarios contrafácticos y cuáles no. Por ejemplo, puedo imaginar un mundo donde Dios existe; y un mundo donde Dios no existe. Ambos mundos son los dos, precisamente, en un mismo sentido mundos, porque una serie de reglas se cumplen en ellos, y yo las estoy aceptando tácitamente (casi inconscientemente, en la mayoría de los casos). Ha sido uno de los más impresionantes logros de la filosofía el conseguir formular estos parámetros mínimos, porque muchas veces lo “obvio” es mucho más inefable que lo “peculiar”.
¿Puedo imaginar un mundo donde la suma no sea conmutativa, es decir, un mundo donde agregar dos manzanas a un canasto con tres manzanas dé un total de manzanas diferente que si agrego tres manzanas a un canasto con dos?
¿Puedo imaginar un mundo donde una misma cosa tenga una propiedad pero también no la tenga, al mismo tiempo y en el mismo sentido? ¿Puede un animal ser un perro, y al mismo tiempo, en el mismo sentido, no ser un perro?
La violación de las más sencillas leyes de la lógica (y la matemática, hasta cierto punto) trae consigo la trasgresión del sentido de las palabras que usamos, y por lo tanto constituye una violación a las convenciones de uso del lenguaje; lo que, dicho en términos un poco apocalípticos pero para nada alejados de la realidad, acaba con nuestra capacidad de ponernos de acuerdo, de hacer ciencia, sociedad, e incluso de comunicarnos los unos con los otros.
Entonces uno podría inclinarse a pensar (y así ha sido, durante dos mil cuatrocientos años y quizás más) que, ya que los parámetros mínimos están tan profundamente arraigados en nuestro lenguaje y las reglas que rigen su uso, ellos no pueden modificarse. Y esta afirmación no es eurocentrista, pues encontraremos trabajos de lógica en la filosofía china, hindú, y en el sentido común de muchos pueblos alrededor del mundo, que de una u otra forma aceptan esta premisa o entreven las consecuencias de su negación.
Tal era el panorama de mi forma de entender la filosofía, la ciencia y en general todo el quehacer humano (incluyendo la poesía y la religión) hasta, por lo menos, el año pasado. Lo numinoso, lo inefable, lo trascendente y lo místico, todo lo que no puede expresarse en palabras y acerca de lo cual “mejor es callar” no viola estas leyes, porque se mantiene al margen de ellas; por lo que, con todo y lo racionalista que soy para la filosofía y lo místico que soy para el arte, todavía había consistencia (¡en el sentido aristotélico de no-contradicción!) en mi visión de mundo.
Sin embargo, y de esto me he comenzado a percatar (con espanto y entusiasmo) en este último tiempo, los criterios mínimos también forman parte del aparataje abstracto con el cual ordenamos, abordamos y modificamos el mundo. Por lo tanto, en principio (y este es un meta-principio), pueden ser modificadas, si todo el sistema es consecuentemente modificado.
¿Por qué elegimos un sistema y no otro? Le di muchas vueltas a esta pregunta, aunque no la había enfrentado seriamente y sólo la intuía como un pseudo-problema. En realidad, hasta hace muy poco (creo que hay ensayos aquí en la Granja donde lo manifesté explícitamente) yo hubiera jurado de guata que leyes como la no-contradicción y la identidad (“cada cosa es idéntica a sí misma”) no eran principios arbitrarios sino formulaciones trascendentes acerca del ser del universo en todos sus planos (incluso el de las idealizaciones humanas), lo que nos lleva a mi concepto de Dios como el fundamento de todas las tautologías lógicas.
Hasta que leí el paper de los chinos, y sin detenerme en ningún pasaje en particular, entreví o entendí claramente de qué forma podía hacerse.

El problema era más o menos como sigue:

1 . Acepto que existen tales cosas como los parámetros mínimos, las leyes de la lógica, de las matemáticas elementales y del lenguaje.

2 .Me pregunto por la posibilidad de su modificación.

3 . Exijo a dicha modificación consistencia para ser plausible.

4 . La consistencia se basa en los parámetros que acepté en el punto 1.

5 . Conclusión: los parámetros no pueden ser modificados (son de orden omega).

Más aún, el hecho de que yo acepte este razonamiento ya presupone las leyes de la lógica que incluyo entre los parámetros mínimos. Todo apunta a indicar pues que no pueden ser modificados.
Hasta que luego, un día cualquiera, escuché en la tele a un periodista que reporteaba en el zoológico de Santiago. Mientras miraba una cebra con los niños que le acompañaban, hizo la siguiente (inteligente) constatación: “sus rayas son el resultado de un proceso evolutivo para huir de los depredadores”.
La afirmación me hizo ruido de inmediato. Porque la gracia de la teoría de la evolución es que excluye la teleología, es decir, la cebra no evolucionó de no-rayada a rayada para huir de los depredadores, sino que, (y aquí recordaba sólo lo aprendido en el colegio) la razón por la cual las cebras que conocemos tienen rayas es porque ellas pudieron escapar de los depredadores y la pre-especie sin rayas no.
¡Esto no es evolución!
Entonces comprendí que el error del periodista era el mismo error que estaba cometiendo yo en mi consideración de los parámetros mínimos. El periodista, al igual que muchas otras personas (y yo me contaba, hasta ese momento, entre ellas), consideraba a la evolución un principio mediato, no independiente en su sistema de creencias. Para el periodista, “la evolución es la causa de las rayas de la cebra”. ¡Pero la “evolución” es inconsistente con la “causalidad”, porque va en su lugar!
Entonces me dije: ¿es posible pensar desde la evolución, sin revisar el sistema mínimo anterior sino que partiendo “de cero”?
Tal proyecto era, obviamente, imposible cuando lo imaginé; pero lo obvio fue refutado por la evidencia. Recién entonces comencé a comprender todos esos libros, papers y trabajos (desde publicaciones científicas hasta poemas) donde sugerían la titánica empresa: si vamos a cambiar nuestra forma de ver y entender el mundo, debe hacerse desde abajo. Es decir, desde el lenguaje mismo.
Nuestro lenguaje cotidiano (sea el inglés, el castellano, el francés o el esperanto) está sometido a ciertas reglas que, por su propia forma, nos obligan a asumir compromisos ontológicos. Esta idea ha sido defendida por numerosos filósofos del lenguaje. Por ejemplo, la misma estructura básica

Sujeto + verbo + predicado

Presupone la correspondencia uno-a-uno de nuestro lenguaje con el mundo, en el cual deben haber “cosas” (sustantivos) de las cuales decir o enunciar “propiedades” (predicados), igual como en la lógica matemática el que

(x) : x = x

(todo x es igual a x)

sea una verdad incondicionada nos obliga a asumir como compromiso ontológico el principio de identidad.
Rápidamente me puse al tanto en mis lecturas acerca de evolucionismo y comprendí que, precisamente, el alcance crucial de la teoría de Darwin (digo crucial no como si fuera efectivamente en lo que él estuviera pensando, sino en el máximo provecho que se le puede sacar) es que pasa por encima de todos los demás modelos de explicación: exige que todos los aspectos, desde el más básico hasta el más complejo, sean revisados.
La evolución pone la explicación convencional patas arriba:

¿Por qué las cebras tienen rayas?
-para protegerse de los depredadores

Es la explicación convencional. Pero esto cambia radicalmente si lo vemos así:

¿Por qué las cebras tienen rayas?
-Porque a las que no tenían rayas ya se las comieron

La forma lingüística de la primera opción supone un “movimiento”, una “intención” en la cebra de protegerse; en cambio la segunda sólo constata un hecho. Pensar en los términos (¡a nivel del lenguaje!) de la segunda forma provoca cambios radicales en nuestra manera de ver el mundo y de entender la evolución.
Lo realmente interesante y desconcertante de todo esto es que, en algún momento, tendremos que revisar nuestro lenguaje y modificarlo. Porque, si aceptamos que todas las cosas cambian, y el cambio es la única ley de la naturaleza, entonces las “cosas” no existen en el sentido absoluto de la palabra; no hay “cosas”, sólo hay “momentos”. Lo que significa que el verbo “ser” y el verbo “estar” carecen de sentido, y deben ser eliminados, porque ellos precisamente sirven para decir cosas acerca de las cosas. ¿Podemos concebir un Castellano sin los verbos “ser”, “estar”, y sin la palabra “cosa, objeto”?* Si es posible, entonces ese lenguaje implica inmediatamente una nueva lógica, pues la predicación (que depende de la función del verbo “ser”) está a la base de la lógica como la conocemos (aristotélico-fregeana).
Aun sin llevar la idea de inmediato a sus extremos, sus conclusiones parciales son también sumamente interesantes; por ejemplo, una visión evolucionista de la cosmología demuestra la inexistencia de Dios como primum mobile (ya que no sólo es innecesario, sino que su existencia sería incompatible con el modelo**).
¡Qué grande, qué lleno de posibilidades, qué rico en lo filosófico, en lo científico y en lo artístico es pensar en esto!
No puedo seguir adelante porque, la verdad, ni yo sé a dónde lleva. Es un camino extraño, hay poco que leer y no está todo ordenado ni junto en un solo lugar, pero seguiré escribiendo conforme tenga novedades, y quienes quieran venir y conversar conmigo de esto, sea porque sepan algo que yo no, o quieran discutirme lo que ya he dicho, bienvenidos (siempre, siempre) serán.

El trasfondo de toda esta transformación se arraiga todavía más profundo en algo que llegué a aprender de toda la casi-siempre-contradictoria mazamorra de cosas que leo, y que siempre intento transmitirle a otros: que mi sistema de creencias debe ajustarse al mundo, y no al contrario. El precepto cristiano que más me gusta es el que dice: “El Sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el Sábado” (Marcos 2:27). Esto obliga a que la evolución sea una posición casi moral frente al conocimiento y la experiencia. Como decía Mercedes Sosa, citada tantas veces por Mila Bayán, “y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”. ¿Por qué debería temerle a la inconsistencia? Yo no soy inconsistente, soy paraconsistente. Y esto queda también como advertencia.
Que tengan una linda semana.

Inti Målai Perdurabo

PS: No doy bibliografía todavía porque no estoy seguro de lo que “haya que leer” acerca de este tema. Como dije, todo lo voy sacando por conclusión de un montón de otras cosas que no apuntan necesariamente en la misma dirección, y creo que en algunos casos sería hasta ofensivo para los autores que los mencionara (todavía) como precursores de estas cosas. Pero para más adelante tendré títulos que compartir, lo prometo.
PSS: Tengo pensado hacer una traducción del “Paper de los chinos”. A lo que esté listo lo subiré en la sección (que de seguro no han notado todavía) Biblioteca, para que puedan descargarlo y leerlo, si es que les interesa. Busqué una versión electrónica y no la encontré, por eso no comparto el original (si voy a transcribirlo prefiero traducirlo, es más entretenido que sólo copiar).

NOTAS:

* Reformas lingüísticas en esta dirección (no en castellano) se han intentado, pero no con vistas tan magníficas como las que yo creo entrever, aunque sin lugar a dudas son un precedente y la idea la tomo de aquellas. Véase la entrada en Wikipedia acerca del E-Prime.


** Esta incompatibilidad sigue siendo meta-aristotélica. ¿Cómo escapar de ella? El mismo modelo nuevo verá si exigirnos o no consistencia en el sentido que la entendemos ahora).

jueves, 18 de julio de 2013

Blinded by the Light...



"El mundo necesita oscuridad, porque la luz no nos ilumina, sino que nos ciega y nos abrasa"
Varg Vikernes


Déjenme que les cuente una historia increíble.
Corría el año 2006 (o 2005, no recuerdo muy bien) y en esos años el medio de comunicación más popular era el MSN Messenger. Nuestros amigos de Microsoft sabían del éxito arrollador de su juguete informático y consecuentemente lo enchulaban a menudo, para hacerlo cada vez más entretenido, versátil e interactivo, como llegó a serlo antes de que tuvieran que botar las redes a fines del año pasado, reemplazados irremediablemente por Skype y el feo e incómodo chat de Facebook.
En esos años se podían hacer muchas cosas con el MSN Messenger. Había emoticones animados que uno mismo podía hacer, sonidos grabados o de paquete, se podían hacer vídeo conferencias, conversaciones de a muchos y todas esas cosas entretenidas que hacen que la gente se acueste muy tarde.
En esos años dos amigos míos (amigos, no “conocidos” ni “personas a las que conociera de lejos”; amigos de los de verdad, de los directos) eran asiduos coleccionistas (como muchas otras personas) de emoticones. Entre los dos se compartían los nuevos que obtenían, o buscaban juntos alguno que hubieran visto y quisieran agregar. Su temática eran los emoticones “pícaros” (ellos usaban una palabra menos elegante) o sensuales, que -como se podrán imaginar- eran muchísimos.
Dado que, como dije recién, había para regodearse (además que ellos tenían muchos contactos donde conseguir material), su colección fue creciendo rápidamente y pronto se hizo incómodo recordar todos los atajos de teclado para usar sus valiosas piezas. Finalmente decidieron cambiar los atajos por otros más intuitivos, fáciles de teclear y recordar: combinaciones numéricas. Así fue como a un emoticón (quién sabe de dónde salió) cuyo atajo era originalmente “jejeje” (un smiley que levanta las cejas) le tocó su nuevo nombre clave: “1313”.
Obviamente, había un “1212”, un “1414”, un “2323” y muchos otros. Pero es éste el importante.
Pasó el tiempo, ellos usaban sus emoticones para conversar con todo el mundo, como es natural, y pasó que un día escuchamos todos (¡fue sorprendente!) que en las fiestas pokemonas (la “tribu” de aquellos años) sonaba una canción que en una parte de su letra decía: trece-trece.
Creímos que podía ser una coincidencia, pero rápidamente notamos que no; el emoticón rebautizado “1313” empezaba a dar la vuelta al país, a aparecer en todo tipo de publicaciones, a usarse indiscriminadamente dentro y fuera de Messenger, y cuando la plataforma finalmente cayó, la estúpida cifra mil trescientos trece ya se había convertido en sinónimo abreviado de todo lo que puede expresarse subiendo y bajando las cejas, como el emoticón original.
Así que, créanlo o no, soy amigo personal de las dos personas que bautizaron “1313” al estúpido emoticón ese. Dos osorninos, perfectos desconocidos para la gran mayoría del planeta, son en parte los autores de lo que hoy se considera un todo un icono generacional cuyos orígenes, sin embargo, permanecerán un buen tiempo en el misterio.
Dejemos al 1313 aquí un momento y hagamos un viaje hacia el pasado, unos mil novecientos y tantos años. Me permitiré fantasear un rato.
Imaginemos que allá por el año 30 de nuestra era (poco más o menos) en Palestina, un grupo de personas congregadas por alguna razón insignificante, hayan presenciado sin quererlo el descenso de una nave espacial descomunal, brillante y ruidosa, hecha con la más perfecta y avanzada tecnología. Imaginemos que se abre la nave espacial, que de ella descienden seres verdes de dos metros de altura con trajes de látex, cascos redondos y voces distorsionadas, como si llevaran un pedal wah-wah en la garganta. Imaginemos que los seres verdes bajan, toman algunas muestras de sedimentos -entre ellas uno de los personajes que presenció el hecho- y finalmente deciden retirarse a su lejano planeta, por lo que vuelven a abordar y se van al espacio.
¿Qué es lo primero que estos hombres, en este escenario hipotético que hemos fabricado, comunicarían a sus conocidos, familiares y amigos cuando volvieran a su ciudad (Jerusalén, pongámosle)? Algo más o menos así: “Una cosa brillante bajó del cielo y salieron unos seres verdes gigantes que se llevaron a Jesús”. ¿Alguien les habría creído?
Nadie, probablemente. Porque suena demasiado improbable (aunque no imposible) que las cosas ocurrieran como ellos dicen.
Pero resulta que ellos están seguros de lo que vieron, y la verdad es una fuerza capaz de llevar a los hombres más allá de cualquier límite con tal de defenderla. Pero las personas que los escuchan, seguros del mundo en el que viven y sus regularidades, no estarán dispuestos a transar la estabilidad de su realidad para dar crédito a lo que defiende un puñado de pelafustanes.
Hay una paradoja física que dice: ¿Qué ocurre cuando un cuerpo incontenible se estrella contra un cuerpo inamovible? Aquí debemos suponer que la verdad de quienes vieron es la fuerza infinita del cuerpo incontenible, y el sentido común es la inercia infinita del cuerpo inamovible. Es claro que a punta de encuentros, uno tras otro, ambas partes irán sintiendo la molestia por la situación. Los que dicen haber visto querrán que les crean; los que escuchan querrán que ellos se retracten, o se les de por locos para que dejen de importunar con sus fantasías. Pero si la verdad se defiende con brío (como suele ocurrir) habremos de esperar que ni ella será una fuerza infinita, ni la incredulidad será un bloque inamovible. Al final unos y otros irán arreglando el cuento original, hasta lograr aquella versión “estable”, es decir, “la más creíble”; la que sin dejar de ser “en algún sentido” cierta, al menos respeta un mínimo de regularidades empíricas.
Cabe recordar que en el siglo primero de nuestra era no había televisión, ni computación, ni fotografía ni filmografía y en general el conocimiento se entregaba tanto por vía oral como por vía escrita. Bien, mi tesis es la siguiente: La credibilidad de una afirmación (un hecho, una experiencia, una noticia, etcétera) se basa en dos factores relevantes: primero, que su verdad esté garantizada por un mínimo necesario de pruebas en soportes tecnológicos válidos para el tiempo y el lugar del que se habla. Y segundo, que ella (la afirmación) no destruya o no se salga, en un mínimo suficiente, de lo que consideramos como “lo real posible”. De tal suerte que toda “noticia” necesita, para ser tal, un mínimo necesario de “respaldos” y un mínimo suficiente de “coherencia” con el mundo.
En una sociedad que no tiene más medios de comunicación que el oral y el escrito, es por tanto indispensable que estos medios cubran la noticia. La versión del secuestro alienígena en la sociedad grecorromana de principios de la Era parece ser una historia por decir lo menos “incómoda”; pero si muchos escritores hablan acerca de ello, y las personas que dicen haberlo visto están dispuestos a morir por no retractarse de sus dichos, entonces es muy probable que “al menos una parte de la noticia” sea verdad. El tiempo irá haciendo su criba, hasta que al final se conserven los textos más centrados, es decir, los que no abandonan del todo la veracidad de la experiencia, pero tampoco la aceptan en todos sus detalles.
Postulo que es imposible discernir (imposible) si el Evangelio que tenemos hoy es una crónica fiel de los hechos acaecidos en torno a la vida de Jesús, o son las versiones “finales” de este proceso de selección del sentido común, de acuerdo a los supuestos de mi conjetura. En términos estrictos, tanto lógicos como históricos, ambas alternativas son igual de posibles.
Del Evangelio al “1313”, la cuestión es siempre la misma; no importa cuánta tecnología poseamos, cuánta información seamos capaces de recolectar, cuántas fotografías, películas, cámaras infrarrojas, detecciones de huellas digitales, respaldos blue-ray podamos hacer de nuestras bases de datos conservando la información; siempre hay un margen, un “umbral” necesario para que algo sea considerado confiablemente cierto. Y siempre habrá hechos, experiencias, recuerdos, que estarán por debajo de dicho umbral: y nuestro conocimiento del mundo siempre estará incompleto, porque no creeremos en la verdad, aunque ella se presente ante nuestros ojos con toda en toda su pureza y desnudez, si ella no viene acompañada de relativos culturales.
Uno de los grandes problemas que veo a diario en nuestra sociedad, es que hemos delegado demasiada -excesiva, diría yo- confianza a nuestros soportes tecnológicos cuando se trata de decidir en qué creer. En general lo que presenta fotos, estudios, firmas especializadas, documentales y publicaciones es tenido por cierto; y lo que sólo tiene pruebas de buena fe de “quien lo vió con sus propios ojos” es descartado como falso, o a lo sumo como “poco probable”. Sin más, confundimos las palabras “probable” (en sentido de probabilidad) con “probable” (en sentido de susceptible de ser respaldado con evidencia) a cada rato y con total naturalidad.
Mentir es siempre posible, tanto cuando se hace de palabra, o cuando se filma un documental con la mayor seriedad y profesionalismo. Por ejemplo tenemos canales que “se dicen serios” (como History Channel o Discovery Channel, ninguno de los cuales veo porque me provocan la misma desconfianza) pero que en su programación presentan documentales abiertamente pseudocientíficos, algunos de ellos contradictorios incluso, y lo hacen con el mismo nivel de soportes tecnológicos en cada caso. Por ejemplo, todos ellos hablaron de las profecías mayas, de las alineaciones planetarias y cuanta tontera más para esperar el 2012; todos se equivocaron monumentalmente.
O tomemos por ejemplo a Salfate y las teorías conspiracionistas que le gusta difundir. Tenemos todos un criterio interno que nos dice: Sí, esa sí puede ser cierta, o No, esa es evidentemente absurda. Todo entra y sale del “umbral” de credibilidad con el cual juzgamos lo que nos dicen.
Finalmente resulta que, contrario a lo que podríamos creer en un principio, y este es el resultado paradójico al que quería llegar, tenemos más tecnología pero no tenemos más maneras de acercarnos a la verdad que antes. ¡Hemos vivido siempre en la misma incertidumbre respecto del mundo!
Hoy (HOY) si una nave espacial baja y secuestra a un hombre, probablemente habrá teléfonos celulares con cámaras para registrar el hecho; habrá satélites fotografiando la superficie de la tierra, habrá vecinos que escucharán, habrá aviones y torres de monitoreo que podrán dar cuenta del hecho. Es casi imposible que si una nave espacial baja del cielo y se lleva a una persona (que, a todo esto, tendrá facebook, carné de identidad, familia, fotografías, teléfono celular y hasta puede que GPS), no tengamos maneras de saberlo. Pero “casi”.
Paradójicamente también, somos capaces de juzgar sobre hechos gigantes (naves espaciales, explosiones, golpes de estado, cataclismos, atentados terroristas) pero perdemos ostensiblemente la capacidad de juzgar sobre hechos pequeños (como el que alguien llame “1313” a un emoticón que antes se llamaba “jejeje”). Incluso sostengo que se podría invertir todo el dinero y todos los recursos informáticos para descubrir quién usó por primera vez el emoticón con ese nombre, y ni aún así darían con mis dos amigos; porque los dos computadores que ellos, en su tiempo, usaron, hoy están en calidad de chatarra; porque ellos no usaban sus identidades reales detrás del computador, ya que en esos años había que mentir sobre la edad para poder abrir cuentas de Hotmail si uno era menor de edad; y porque dudo mucho que en alguna parte una base de datos registre paso a paso todo lo que se hace en internet. Es decir, con toda la tecnología que tenemos, con todos nuestros avances científicos, sigue siendo la palabra de ellos, contra la de otros. Igual que los apóstoles hablando de su Mesías que “se fue al cielo en una nube luminosa”.
Se ha hablado mucho en nuestro tiempo acerca de las tecnocracias y de ese monstruo grande y amorfo que es “El Sistema”. La gente cree que en el Colosionador de Partículas del CERN los físicos del mundo están buscando dar con el “último ladrillo” del edificio del conocimiento; en una palabra, creemos que estamos al borde de descubrirlo todo, y que cuando eso ocurra no podremos huir ya nunca más del ojo avizor del Poder Hegemónico Absoluto, y se “acabará la historia”. Pero esto no es y nunca dejará de ser más que una caricatura, elaborada en la mente de personas que todavía están sorprendidas de ver que en la pantalla las personas hablan y se mueven ¡y es todo tan real!
La pérdida paulatina de la capacidad de crítica, de reflexión y sobre todo de la fe en la libertad (esa libertad última, irreductible, del hombre dentro de su propia cabeza) está haciendo que nuestras gentes “quieran” jugar a que son robots, sin que realmente nadie los esté obligando y no haya, en realidad, forma de lograrlo. La pesadilla orwelliana del gobierno que es capaz de entrar hasta en el último rincón de tu habitación e incluso toma la precaución de colocar la sal -que dejas intencionalmente en el borde del libro- después de leerlo para que no notes su presencia, ha ido creciendo a medida que la tecnología se ha ido emplazando en nuestros medios de comunicación. Creemos que no es posible delinquir sin ser descubierto; que no es posible mentir, ni engañar, y sin embargo, las mentiras, los crímenes sin resolver y los engaños de todo tipo están ahí, dentro y fuera de la verdad, dentro y fuera del campo visual de su míope ojo Avizor.
Lo mismo cabe decir para la ciencia. Ella mide todo lo que se puede medir, ella registra todo lo que se puede registrar; pero un niño sana su enfermedad gracias a que una vieja quemó sahumerios en su choza, y es coincidencia. Una casa expulsa a sus habitadores mediante sucesivas fugas de agua, y es imaginación. Un hombre sale de su casa y vuelve a la media hora con barba de tres días, y es anecdótico, pero demasiado improbable que lo hayan secuestrado los extraterrestres. Otra vez lo mismo: Nadie vio la nave espacial, ninguna cámara lo registró, ningún satélite la detectó, ningún celular la filmó. Por lo tanto, no hubo nave. Pero el hombre y su barba están allí, vivitos y coleando.
En la escena final de la película Contacto, la protagonista atraviesa por el portal interespacial y ve y filma un viaje de dieciocho horas (si mal no recuerdo) hasta un mundo a miles de millones de años luz de la tierra, donde se entrevista con un ser que se le presenta bajo la forma de su difunto padre. Al retorno ella descubre que quienes la esperaban sólo vieron a su módulo espacial pasar por dentro del portal directo al mar sin que nada especial ocurriera, y que su cámara sólo filmó estática, por lo que la toman por loca y desechan como alucinación lo que llegó contando. Sin embargo, una de las científicas, bien avispada, pide de todas formas copia de la cinta. No está interesada, dice, en la estática; sino en el hecho de que filmó aproximadamente dieciocho horas de estática.
Vivimos constantemente de cara al misterio. El mundo se nos hace cada día más basto, más lleno de cosas, pero seguimos siendo igual de pequeños e indefensos ante lo desconocido. Hemos de suponer que el hombre primitivo construyó su dolmen y creyó estar en el centro del universo; el astrónomo babilonio miró el cielo, el geómetra griego calculó el diámetro de la tierra, y el filósofo afirmó que estábamos en el planeta al centro del Universo. Hoy, el astrofísico asegura que estamos en el Universo, en el tiempo-espacio dentro del cual un hombre se pregunta por el universo; pero en todos los casos es siempre lo mismo: trazamos un círculo dentro del cual todo es conocido y fuera del cual la oscuridad, el misterio y lo novedoso se prolongan hasta el infinito. No hemos dejado de trazar, en nuestras mentes, el mismo mapa caricaturesco medieval, que ponía dragones en los bordes del mar; sólo que nuestros dragones están cada vez más lejos; pero ¡son cada vez más grandes!
Es fácil ser realista y cientificista cuando se vive en la ciudad y se aprende de cara al laboratorio; pero en medio de una tormenta, acosado por los vientos y las respiraciones en lo alto de una montaña del Sur de Chile, uno empieza a dudar si el volcán Osorno es sólo un accidente de terreno, o acaso es efectivamente un dios dormido que nos protege y nos guarda. Ningún espectroscopio ha podido verificar que exista el alma, ningún espiritista ha podido entregar el código Houdini, y sin embargo, hay quienes saben cosas que no tendrían cómo saberlas; hay quienes curan lo incurable, hay quienes cierran los ojos, duermen, y a la mañana siguiente pueden relatar con lujo de detalles lo que ocurrió a miles de kilómetros. Y no tienen más que su palabra para probarlo, y el hecho incómodo de que han acertado. ¿Verdad, mentira, engaño? Decidirlo no es más difícil hoy que hace dos mil, o tres mil, o cinco mil años.
La oscuridad siempre ha estado allí. Ya sea como duende, como monstruo, como lobo; como bárbaro, como bruja, como licántropo; como asaltante, como delincuente juvenil, como terrorista paramilitar. Sabemos muchas más cosas pero seguimos durmiendo con las puertas atrancadas. Tenemos más libros, más explicaciones, más testimonios, pruebas y garantías, pero el miedo no ha disminuido. Nada nos ha asegurado la inmortalidad, nunca hubo rapto ni piedra filosofal ni conflagración universal. No hubo dictadura del proletariado ni tercera guerra mundial, y no es todavía el fin de la historia. En cavernas tibetanas de tiempos védicos (una chorrera de siglos antes del tiempo de los egipcios) se han encontrado representaciones de nubes negras que arrojan fuego sobre los hombres provocando enfermedades a la piel y horribles deformidades. Que hoy conozcamos la energía nuclear no da prueba de profecías cumplidas ni de Sectas Orientales escondiendo el conocimiento ancestral para prevenir la aniquilación de la humanidad; sólo nos invita a reflexionar acerca de cómo nuestra especie, nuestra civilización, ha sido capaz y se ha empeñado con meta fija a cumplir y hacer realidad sus más terribles pesadillas, a actualizar los más profundos miedos. Sin ir más lejos, el psicoanalista Carl Jung sostuvo en uno de sus libros que los platillos voladores eran otro acto de transferencia por parte de mentes enfermas, prisioneras de una sociedad que es cuna y madre de sus peores traumas.
Creemos que estamos acercándonos al final, pero en realidad es sólo el principio. La humanidad no ha terminado siquiera de despertar, de ver con sus propios ojos. Cada verdad viene cargada de nuevos y más difíciles misterios, como una trampa china donde cada caja contiene a otra caja en su interior, sólo que el fondo no se hace más pequeño, sino más grande.
Cada vez más grande.
El total de la reflexión podría resumirse como sigue: Mientras haya respuestas, siempre quedarán preguntas.
Tenemos trabajo que hacer. Muchas gracias.

Inti Målai Perdurabo



Quiso avanzar, tropezó con una pared invisible. Quiso retroceder, le pasó lo mismo. Palpó arriba, abajo, a los costados: estaba encerrado en una jaula de cristal. Dio golpes sin perder nunca las esperanzas, insistió una y otra vez en el mismo sitio, hasta que sintió un crujido y pudo atravesar la superficie fría con el puño. Se abrió paso y, por fin, salió al exterior. Avanzó feliz, sonriente, libre, pero se dio un frentazo contra una pared invisible: ¡Estaba dentro de una jaula mayor! Pensó, consolándose: “¡Por lo menos es más grande y está creciendo! ¡Crecerá tanto que un día desaparecerá!”
Pero la jaula no crecía: el señor iba empequeñeciendo.

“La Jaula”, de Alejandro Jodorowsky.

miércoles, 19 de junio de 2013

¡...pero debería serlo!

El martes 18 de Junio (ayer) la página de blogs del diario “El Mercurio” publicó un artículo titulado “¡La educación no es un derecho!” y firmado por un tal Axel Kaiser. No sé quién es este hombre, ni qué es lo que hace, sólo tengo una foto suya junto a la breve columna y su nombre al pie de la misma. Les dejo el link del dicho artículo:
En general no me dejo estimular ni conmover por esta clase de cosas, creo que nunca he escrito una réplica (salvo una que otra en forma de breve comentario al final de los blogs que permiten hacerlo) pero debo decir que la lectura de la columna del señor Kaiser me ha llegado a lo profundo del corazón y aunque estoy cayéndome de sueño y cansancio me gustaría dedicarle algunas palabras. No sé si él llegue a leer mi artículo, pero la dejaré a disposición de mis estimados comensales por si a alguno le interesa saber qué me produjeron las palabras de este enigmático tocayo del ex vocalista de Guns 'n Roses.
No quiero que se me malinterprete. No creo que la discusión que deba tener lugar aquí sea ideológica o filosófica (nada estaría más lejos de serlo, créanme) sino que es (para mi gusto personal) estrictamente lógica. No voy a entrar a descalificar al señor con apellido germánico porque no es mi estilo; caras vemos, corazones no sabemos. Sea pues su palabra la única garantía de su peso intelectual.
“El Estado es esa gran ficción en virtud de la cual todo el mundo intenta vivir a expensas de todos los demás”. La cita (según él, no lo he comprobado) es de Claude Frédéric Bastiat. ¿Quién es este hombre, se preguntarán? Bueno, nunca soy muy exhaustivo en mis búsquedas pero Wikipedia tuvo la bondad de sugerirme esta breve presentación: “escritor, legislador y economista francés al que se considera uno de los mejores divulgadores del liberalismo de la historia”. Me hace sentido, considerando las opiniones vertidas por el señor con apellido de naipe, y por el hecho de que haya sido publicado bajo el alero del “diario de Agustín”.
Dejando un poco al margen el hecho poco favorable de la escasa falta de seriedad que puede tener una afirmación de este calibre, más cuando proviene de un personaje que no conoció a Marx (murió en 1850, si Wikipedia no me miente) ni alcanzó a vivir la decadencia de la Revolución Industrial y el Imperialismo que degeneró en las dos grandes guerras mundiales, vamos a brindarle a nuestro caucásico amigo el beneficio de la duda y le concederemos su punto de partida (aunque me gustaría tomarla como epígrafe y no como premisa argumental, pero le daré en el gusto para que explaye su punto).
El argumento de este señor puede resumirse de la siguiente forma: El Estado no es sino una gran ficción en virtud de la cual todo el mundo desea vivir a expensas de todos los demás. Los “derechos sociales” por tanto no son derechos en sentido legítimo sino que se trata de una exigencia de beneficios materiales que un grupo determinado de individuos plantea a otro grupo en general indeterminado de individuos sin ofrecer una contraprestación a cambio, justificados moralmente por la existencia (ficticia) de este Estado.
En un mundo sin Estado pues, la única forma en que un grupo A podría obtener sin causa de un grupo B un beneficio material sería recurriendo directamente al uso de la violencia física. Y en un mundo con Estado (al que previamente aludió como una ficción) son los políticos quienes se encargan de ejercer dicha violencia, seleccionados en función de los “derechos sociales” que ofrecen antes de su elección.
Un bien económico es un bien escaso que satisface necesidades o deseos. Para nuestro amigo de ojos pequeños la educación es tal, y no un “derecho” (que ya mostró que no existen) sin importar lo que los políticos digan cuando hacen sus promesas electorales.
Para nuestro amigo, un “derecho negativo” (en contraposición a los falsos derechos “sociales”) es aquel que exige del resto el abstenerse de realizar una conducta. El rol auténtico del Estado en este caso es el de proteger al individuo de que su derecho sea violado. Pero en cambio un derecho “social” es lo contrario, y obliga a los individuos a dar a otros lo que estos quieren y que en una relación de cooperación voluntaria probablemente no podrían obtener. De esta forma, concluye que la visión colectivista de los derechos “sociales” constituye una perversión del rol del Estado, el cual no actúa ya como protector de la libertad personal, sino, por el contrario, como su principal agresor. Propone al final una profecía político-económica de escaso valor teórico así que prescindiré de ella.
Como espero mostrar, el argumento de este hombre es contradictorio. Por una parte nos dice: la única forma en que un grupo A podría obtener sin causa de un grupo B un beneficio material sería recurriendo directamente al uso de la violencia física. Yo replico: ¿y por qué es “sin causa”? ¿No es acaso la violencia física causa suficiente para ceder un beneficio material a otro? La primera y más esencial caracterización de la condición social del hombre se cae, pues, por esta sencilla confusión conceptual. Me parece por tanto mucho más correcto afirmar que la violencia física es una de las formas que tiene un grupo A de obtener un beneficio material de un grupo B sin ofrecer una contraprestación a cambio, lo que encaja con la forma en la cual él ha caracterizado el “derecho social” (y asumiendo que la violencia no es una contraprestación, claro está).
Por otra parte, su visión del Estado es asimismo contradictoria. Nos dice que él es una ficción cuya finalidad (no la única, pero ciertamente una de ellas) es justificar moralmente ciertas exigencias materiales gratuitas que un grupo A hace a otro grupo B. Pero luego lo vuelve a caracterizar como la institución (o así creo que nos invita a entenderlo) encargada de proteger los derechos negativos de las personas. Pero estos derechos negativos son, esencialmente, la coerción de la libertad del otro: pues exigen del resto el abstenerse de realizar una conducta. Entonces resulta que el Estado, al actuar como protector de la libertad personal, es también el principal agresor de la misma y esto se sigue directamente de sus premisas aunque es la tesis que busca destruir.
El rol del político es también contradictorio en su forma de presentación. Por una parte, constituyen el grupo encargado de controlar el poder del estado y ejercer la violencia necesaria para cumplir su rol (proteger las libertades negativas de los individuos, como ya dijimos). Sin embargo, son elegidos en función de algo completamente distinto: los beneficios prometidos bajo el argumento de satisfacer “derechos”. Entonces tenemos a un grupo de personas que primero promete “falsos derechos” (pues así los ha caracterizado) para poder permanecer en el poder (que es una necesidad para ellos); luego, una vez electos, controlan el poder coactivo y coercitivo del Estado, y fallan en sus promesas “para preservar el orden económico y democrático del sistema”. ¡Vaya democracia la que se obtiene!
El tipo de orden social que el señor de corbata tiene en mente nos recuerda aquella caricatura del Leviatán sobre los pueblos que aparece en las ediciones antiguas del homónimo de Hobbes. Presupone un orden según el cual la existencia del Estado es esencialmente la necesidad de coerción, es decir, la represión de ciertas actividades en favor del libre desarrollo de otras.
La educación es, hoy por hoy, un bien de mercado; él lo da por sentado, y es cierto. Pero ¡es eso precisamente lo que está en discusión! Su título no puede por tanto ser más tautológico: La educación no es un derecho. Pues claro que no es un derecho, ¡o todas estas cosas no estarían pasando! Lo que cabe preguntarnos realmente es, ¿cómo debemos enfrentar un argumento de este tipo? En vistas de sus errores (pues no son más que eso), ¿cómo debemos plantearnos el Estado?
Como dijera Aristóteles (no es que quiera hacer gran hincapié en esto, pero véase la diferencia entre mi cita y la suya, en términos de lo poco que exige la mía recurrir a Wikipedia) el hombre es un animal social, y aunque no sea una frase que agrade mucho en nuestros días vamos a concederle al Estagirita al menos que tuvo razón en apuntar (como harían muchos otros después, entre ellos Rousseau, compatriota de ese tal Bastiat) el hecho de que es la familia el primer modelo de “sociedad” humana, ya sea esto en lo histórico como en lo formal.
Es en la familia un hecho también (y esto no lo someteré a crítica) que existen ciertas exigencias materiales por parte de un grupo hacia otro, en particular de los hijos a sus padres. Tales pueden muy bien ser alimenticias, de vestimenta, de techo, etc. Si el Estado es una ficción que justifica moralmente exigencias materiales gratuitas, ¿es entonces la familia otro tanto? ¿O hay en la “obligación de la madre” de alimentar a su hijo algo más que la satisfacción de un deseo ilegítimamente impuesto por el lactante mediante la apelación a falsos “derechos”?
Nada obliga a una madre (o a un padre, o a dos madres y dos padres; no quiero ser heteronormativo en esto) a alimentar a su hijo. Pero cuando no lo hace, el niño muere y no hay ya “familia”. Por lo tanto la “familia” no es una ficción que justifica la concesión de derechos sino el resultado de dicha concesión; es, por lo tanto, fruto de una convención y asunción de roles.
Lo mismo podemos decir de las sociedades. Un grupo humano puede someter a otro por medio de la violencia, pero si no se provee la obediencia del otro, sólo obtendrá masacrar hombre tras hombre hasta que no quede ya hombre que masacrar y no haya sociedad posible. En la asunción de roles de todo tipo (entre ellos económicos, origen de las Clases Sociales) se sustenta la existencia de un orden social y el Estado es la abstracción (la ficción, si se quiere) que armoniza estos acuerdos.
No veo cómo encaja en la visión ficcional y estrictamente coercitiva del Estado que el señor Kaiser propone la existencia de bienes públicos y de instituciones civiles. Posiblemente no las crea necesarias y sueñe (como su admirado Bastiat parece hacerlo) con un mundo pacífico y liberal donde la “mano invisible del mercado” nos lleve por la senda segura del progreso científico y tecnológico hacia un mayor bienestar social, libre y democrático. Pero en la forma como vemos las cosas las personas que vivimos en el siglo XXI el Estado debe proteger y asegurar nuestro bienestar aquí y ahora, y qué sea tal bienestar surgirá (como es verdaderamente democrático hacerlo) de la reflexión que la sociedad pueda hacer respecto de sí misma y sus necesidades particulares.
Él dice: la diferencia esencial entre un derecho colectivo o "social" y derechos negativos, como la libertad de expresión, la vida o la propiedad, es que los primeros, al referirse a bienes económicos, exigen que alguien sea forzado a trabajar para satisfacerlos. Esta afirmación, por el hecho de considerar a la educación como un bien económico, es falsa. El Estado en tanto institución cobra impuestos y por lo mismo paga sueldos. Nadie será forzado a trabajar como profesor para los pobres cabros, como las caricaturas de los sistemas socialistas les achacan a estos últimos.
Ya al margen de todo y como breve apreciación personal me sorprende y me parece lamentable la incapacidad de personas como mi amigo de nombre alóctono de ver y entender problemas, abordar temáticas y adoptar una postura crítica frente al mundo en que vivimos. Es triste ver como se suele olvidar que, en última instancia, esto se trata de personas que viven y que -sea por naturaleza o casualidad- se ven obligadas a vivir juntas.
Ya es, de cualquier forma, una victoria moral del movimiento estudiantil el haber conseguido que se den esta clase de discusiones. Nos permiten ponernos al tanto del tipo de personas con las que tenemos que compartir esta estrecha y -por estos días- fría franja al este del océano pacífico.
Buenas noches.

Inti Målai Perdurabo