miércoles, 9 de mayo de 2012

InZania (ó el Nuevo Mundo Feliz)


En The Truman Show (esa espectacular película interpretada por Jim Carrey y dirigida por Peter Weir) vemos una curiosa entrevista al genio creador y director de la utópica y diabólica Seahaven en la que vive Truman:
ENTREVISTADOR: “¿Por qué cree que Truman nunca acierta a descubrir la verdadera naturaleza de su mundo?”
CHRISTOF: “Aceptamos la realidad del mundo que nos es presentada”.
¿Por qué Christof, si sabía que Truman “aceptaría la realidad del mundo” que él le presentara, lo pone en una grotesca variante del mundo real?
La pregunta surge de nuestro propio mundo: los reality shows más exitosos suelen ser aquellos en los que los participantes son llevados a condiciones extremas o fantásticas; significan una forma de evasión para el espectador. Pero no es cierto que la propia película no entregue una respuesta: “Ya nos hemos cansado de ver a actores que nos transmiten emociones falsas, estamos cansados de fuegos artificiales y efectos especiales. Si bien el mundo en que habita Truman es falso, él no tiene nada de falso. Ni guiones, ni apuntes. No siempre es Shakespeare, pero es auténtico. De esta manera se sustenta todo un canal”.
¡Curiosa paradoja! Sólo en la más grande mentira es posible mostrar al hombre más puramente auténtico, más puramente real. Christof afirma que “No sólo nos proporciona un vislumbre de la verdad, sino un vislumbre de nosotros mismos”. El mundo que vive Truman es un brave new world; cuando ya está a punto de salir, el creador de Seahaven intenta todavía convencerlo: “Truman, no existe más verdad ahí afuera que en el mundo que creé para tí. Las mismas mentiras y engaños. Pero en mi mundo no tendrás nada que temer”.
Pero volvamos un poco atrás, a una frase que destaqué en el párrafo de más arriba. “De esta manera se sustenta todo un canal”. Y un poco más adelante: “...como el programa se emite durante veinticuatro horas al día sin cortes publicitarios, todos sus asombrosos beneficios proceden de la publicidad indirecta”. Y Christof responde inmediatamente después: “Sí, todo cuanto se ve en el programa está a la venta, desde la ropa de los actores y los productos alimenticios, a las propias casas donde viven...”
¡Bingo! ¿De qué otra forma podría haberse sustentado este programa, si el mundo presentado no hubiera podido ser un descomunal mostrador? Y ésta es, para mí, la respuesta definitiva a mi primera pregunta.
La película busca en cierta forma mostrarnos a un Christof que es algo más que un titiritero o un Gran Hermano; nos conduce a creer que es una suerte de artista con poco sentido de la ética y una idea descomunal con mucho presupuesto disponible. Pero quitemos de en medio a este Christof y centrémonos exclusivamente en el Truman Show (“True-man Show”; “Reality Show”). ¿Cabe preguntarse si es posible concebirlo, sin tener a la cabeza un romántico buscador del actor sincero?
El programa genera riquezas iguales al “producto interno bruto de un pequeño país” (algo que para cuando el guión se escribió debió sonar espectacular, pero hoy no es ninguna maravilla considerando lo pobres que son los pequeños países y lo ricos que son unos cuantos zoquetes en el primer mundo); pasa publicidad todo el día, en una vitrina cambiante que es capaz de exhibir sin conflicto todas y cada una de las marcas de todos los rubros imaginables, desde comida chatarra hasta soda cáustica; y lo mejor de todo: Ilustra de una forma vívida y grotesca lo feliz que puede ser la vida en el seno de la sociedad capitalista.
Seahaven es un comercial de “Papel Confort” de veinticuatro horas por trescientos sesentaicinco días del año; una pesadilla. Y sin embargo, ¡tiene récord de audiencia! ¡La gente deja prendida la televisión mientras Truman duerme! ¡Pero claro que no necesita a Christof! ¡Cualquier canal de televisión (partiendo por Canal 13) querría tener al aire semejante mina de oro!
En mi opinión The Truman Show es la crítica más hermosa y más despiadada a la cultura (si se le puede llamar tal) televisiva de nuestro tiempo. Es la pesadilla del mundo feliz, y no porque sólo “finja” mostrarnos las falsas maravillas de la sociedad de consumo, sino porque allá adentro hay un pobre weón que se lo cree.
Ahora ejercitemos un poco la imaginación y traslademos Seahaven a nuestras ciudades, por ejemplo a Santiago de Chile, a menor escala, sin cámaras de televisión, no como un escenario gigante sino como un parque temático. Un parque temático donde todo está a la venta; donde cada puerta, cada ventana, incluso el suelo que pisas es una marca comercial. Donde, al igual que en el mundo de Truman, la sociedad de consumo es perfecta: la gente trabaja feliz, no hay sindicatos ni derechos laborales, todos reciben sueldos que pueden invertir en consumir lo que sus vecinos y amigos venden en la puerta del lado. Una ciudad sin barrios residenciales: todo está destinado al trabajo, a la producción y al flujo de dinero. Y como guinda de semejante torta: es para niños.
Damas y caballeros, este Seahaven no es sólo una elucubración macabra de mi mente, es real, se llama KidZania y abre en Santiago de Chile durante este año 2012. No en el centro, no en La Florida, sino que en el corazón comercial de Las Condes: El parque araucano. Un mundo a pequeña escala donde sus hijos (o los hijos de los padres que podrán pagar la entrada) aprenderán el valor del dinero y del trabajo. Desde chiquititos. Para que tengan las cosas claras desde abajo. “Para que sepan cómo es el mundo real”.
El proyecto no es para nada nuevo; nació en México en 1999. Curiosamente, coincide con la fecha en que el parque temático más hermoso que ha tenido Chile, “Mundo mágico”, cerró sus puertas para siempre. Y hoy, doce años después, ya se preparan las nuevas minoritarias generaciones para recibir lo último en entretención fictiva: una figuración en miniatura de cómo debe ser el mundo en el que vivir es perfecto.
Son los mismos niños que ven Disney Channel y que piensan que para ser estrella de rock no necesitas talento, ni esfuerzo; sólo tener una buena pinta y esperar a que un productor inescrupuloso te descubra. Los mismos niños que entrarán a estudiar a universidades privadas porque “no se van a paro”; los mismos niños que quizás participen de las pastorales de los colegios y vayan a hacerles casas a los pobres porque “no tuvieron la misma suerte al nacer”. Los mismos niños que se casarán por la Iglesia y manejarán autos lujosos (como los que pueden manejar en KidZania) desde su casa hacia el trabajo.
Y ante este espectáculo uno calla, ríe por lo bajo, y luego -no queda otra cosa- reflexiona.
Durante el régimen nacionalsocialista en Alemania existía algo llamado las Hitlerjugend (juventudes hitlerianas); una especie de programa para niños parecido al de los scouts donde los jóvenes alemanes aprendían los valores del liderazgo y la camaradería, el goce de la vida al aire libre, la disciplina y la obediencia, y los principios morales del pensamiento nacionalista. Algo parecido vemos en 1984 de Orwell, donde los niños eran adiestrados en el amor al Gran Hermano y así el Estado se proporcionaba una manera de vigilar a sus ciudadanos desde su propia casa.
La Hitlerjugend era maravillosa; los niños pasaban tiempo de calidad en la montaña y hacían grandes amistades. En KidZania pasa algo similar, sólo que está en la falda de una montaña y debajo de un galpón.
Se podría argumentar: “Las Hitlerjugend enviaron a niños a una muerte segura al frente; y les enseñaron cosas execrables para la moral cristiana y civilizada del mundo libre, tales como el racismo y la violencia”. Yo respondo: “No lo matará a él, pero disparar y acaparar riqueza son sólo dos maneras diferentes -una más directa que la otra- de matar al prójimo. Y si hablamos de racismo, y si hablamos de violencia, no darle la mano al empleado o no darle trabajo al chico de pelo largo son, de ellos, las formas más despiadadas que conozco”.
Donde ellos ven -o quieren ver- líderes emprendedores, yo veo futuros ricos despiadados e inescrupulosos. Viejos de mierda de esos que no necesitamos más en este país, los unos ocupando cargos políticos, los otros ganando plata en lo alto de una oficina con vista a la cordillera.
Y sin embargo, quiero creer que no es intencional; quiero creer que en estos doce años nadie se ha dado cuenta de lo que KidZania significa; quiero creer que no es cierto que esto está hecho y pensado en vistas a lo único que veo cuando observo lo que KidZania significa, y que aquí denuncio.
Quiero creer que esto es una consecuencia histórica, es sólo un síntoma más de la enfermedad social que asola a Chile y que se llama Liberalismo; quiero creer que el mercado hizo su elección ciega, que todo esto es sólo la consecuencia lógica del mismo proceso que lleva a los hombres de negocios a decir que “este podría ser uno de los mejores países del mundo”. Quiero creer que en sus pequeños y limitados cerebros existe la ingenua y ridícula convicción de que KidZania es un inocente parque de diversiones.

Es curioso notar que los Kidzos (el dinero que se maneja al interior de KidZania, similar a la plata de papel que viene con los monopoly) traen impresos los “derechos del niño”. Pues bien, aquí les dejo uno que se les quedó en el tintero: Dejen que los niños sueñen. ¡NO! Con ser doctor o policía. ¡Maldición, de esos ya tenemos tantos! No; permitan que nuestros niños sueñen con mundos hermosos, con mundos llenos de magia, con mundos llenos de seres fabulosos y piratas del espacio exterior. En las grandes epopeyas están los grandes arquetipos. Que nuestros hijos lean a Tolkien, lean a Dahl, que vean películas llenas de colores y carentes de significado para que descubran ese mundo “muy complejo” que está en su imaginación.
Una persona que no conoce la poesía, que no vive la creatividad, es un muerto. Se mueve, come, se ríe, pero vuelve a la tumba igual como salió de la vagina de su madre. En el arte está la verdadera vida, en la libertad de conciencia está la verdadera libertad; más allá del capitalismo, más allá de la democracia, hay un mundo encima y alrededor del mundo al cual es posible llegar escapando de éste.
Nadie puede decirse a sí mismo “he crecido” sin leer a Hesse o ver La Guerra de las Galaxias. De igual forma, uno de mis más influyentes mentores me dijo una vez que no se puede salir a la calle sin haber visto Digimon o Terminator.
Si quiere entretener a su hijo o hija el fin de semana, no lo lleve a KidZania; siéntense juntos a ver una película (le recomiendo mi vecino Totoro, o El Castillo ambulante, ambas de Ayao Miyasaki). Si no puede llevarlo a KidZania por distancia o dinero, o si no tiene plata para comprar o descargar una película, consígale un libro (le recomiendo los Harry Potter, fáciles de conseguir fotocopiados en buena calidad). O por último salga con él a chutear la pelota. Y si no quiere o no puede pasar tiempo con él, llévelo a Scout; tiene todos los beneficios de la Hitlerjugend, pero sin el adoctrinamiento ideológico.
No dejemos que muera la magia, que muera la fantasía en la infancia. No llevemos a nuestros niños a probar “un poco de lo que les espera cuando grandes”. No tratemos de hacerles creer que podría ser entretenido. Dejemos que abran la puerta, que crucen el cielo. No los entreguemos al Christof de manos invisibles, líder emprendedor, caníbal y asexuado, que busca hacerles creer que el sentido de la vida es tener plata para poder pagarse una buena tumba.


“– Sí, Bigelow, uno de aquéllos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos.
– Ya.
– Tenían miedo de la palabra “política”, que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el “entretenimiento” era extremista, se lo aseguro!
– ¿De veras?
– Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar el Aquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca.... Oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que “fueron felices por siempre”, pues estaba demostrado que nadie fue feliz por siempre, y el “había una vez” se convirtió en “no hay más”. Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopío y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando “más curioso y más curioso” y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra. ”

Ray Bradbury, CRÓNICAS MARCIANAS. Abril de 2005: Usher II.
(las negritas son mías)


Inti Målai Perdurabo

PS: Espero que disculpen lo elevado del tono en algunos pasajes, pero he de reconocer que estas cosas francamente me sacan de quicio.

miércoles, 11 de abril de 2012

Panegírico de las Fuerzas del Mal

El parlamentario odia a su pueblo. La “clase política”, si tal cosa existe, odia a todos y cada uno de los ciudadanos que dice representar.
El fracaso de la democracia se origina en el pensamiento ingenuo de esperar que un sentimiento altruista y desinteresado mueva al hombre hacia el “servicio público” (¡Servicio!), haciéndolo asumir responsabilidades, empujándolo a hacerse cargo de pesadas tareas y a cargar sobre sus hombros la constante amenaza de la decepción de quienes en él confiaron, si es que se equivoca. Esto lleva a creer que el hombre que da un paso al frente y se compromete con los demás es como el presidente de curso en cuarto básico; un espíritu lleno de compañerismo (o en su defecto el mejor amigo de todos) que desea afrontar la difícil tarea de guiar a sus amiguitos hacia una vida mejor, procurando mantener el orden y la transparencia tanto en la organización como en las decisiones.
Pero la evidencia apunta precisamente en el sentido contrario. Todos y cada uno de los hombres que hoy dirigen los destinos de nuestra (s) nación (es) son hombres que profesan, si no públicamente, en lo profundo de sus corazones un odio absoluto y brutal por el resto de la especie humana. Su Odio (con su consiguiente y necesaria amoralidad) es tal que son capaces de mentir de forma descarada, de engañar en cada palabra que dicen, de aparentar los gestos más groseramente contrarios a los que llevan dentro; odian y repugnan profusamente a cada uno de esos votantes a los que prometen sin ningún miramiento, sin ningún espasmo en la voz, sin el más leve sonrojar. Hablan fuerte y claro, sonríen, son capaces de emular miradas acogedoras y distender sus semblantes en gestos delicados y compasivos; como si tuvieran en su casa el retrato de Dorian Gray, transfigurándose hasta la monstruosidad con cada aparición pública que hacen.
El hombre que es capaz de engañar a su esposa, defraudar a su madre y estigmatizar a sus hijos con su apellido; el hombre que es capaz de cargar sobre sus hombros la miseria y el dolor de varios millones de seres humanos; el hombre que es capaz de romper promesas y defraudar juramentos con cada peso que pone en su bolsillo, y aún así; y aún así es capaz de sonreír y darle esperanza a los mismos que en secreto destruye, ése; ése es el político perfecto. Él, y sólo él, gana las elecciones. Nadie más podría sonar tan convincente, nadie como él podría fingir con tanta naturalidad. La única manera de llegar a ese extremo, es no tener nada -NADA- en el interior que pueda, en algún momento, estallar y traicionar a su egoísmo. El Odio y el desprecio más auténticos por la dignidad del otro son los únicos resortes capaces de poner en marcha un comportamiento de este tipo.
El Odio a la humanidad es la forma más genuina del mal. El Odio, en tanto sentimiento, posee características análogas al amor; en su forma más pura es desinteresado y universal. Aquel hombre malvado en toda la propiedad del término es aquel que anhela con toda su alma, con todo su corazón y con todas sus fuerzas el sufrimiento, el dolor, la derrota y finalmente la muerte de todos y cada uno de sus congéneres, y ojalá también el alzamiento y la glorificación de su propio ser, para agravar el daño mediante el contraste.
Para entender el mal (pues no soy político, y esa forma total del odio me es completamente ajena) es precisa la analogía con su antítesis, el bien, y su sentimiento cumbre, el Amor. (Teniendo siempre muy en claro que por “bien” y “mal” entiendo una nomenclatura estrictamente metodológica, y no defiendo aquí un dualismo moral -del que ya me he manifestado enemigo en otras partes). Llamo aquí Amor puro a lo mismo que entendía por él Schopenhauer; la compasión, es decir, esa forma desinteresada y universal del Amor, en la cual el dolor del otro se siente en el espíritu de uno como si le fuera propio. Por contraste, el Odio puro supone todo lo contrario; el sufrimiento y el dolor ajenos aparecen no sólo indiferentes, sino que aportan una intensa y vívida gratificación del propio espíritu (como lo que debe sentir un senador cuando ve en las estadísticas la enorme cantidad de gente que podría comer si él ganara apenas un poco menos de lo que gana).
Si entendemos (como estoy haciendo en este momento) al Odio y al Amor puros como los extremos de un continuo, estaremos de acuerdo en afirmar que cualquiera de ellos es en cantidad y calidad superior a cualquier otro valor en dicho continuo. Así por ejemplo, el amor por la familia es una forma más débil de Amor que el Amor puro, y a su vez es una forma mucho más débil de odio que el Odio puro (porque tiende más hacia el “otro lado” de nuestra línea gradual).
Si tuviéramos que sentar ahora otro principio, sería éste: el Odio es más poderoso que el Amor. Aunque horrorosa a simple vista, esta aseveración tiene una explicación estúpidamente simple: el Amor puro busca en última instancia la conservación del otro; mientras que el Odio puro busca su aniquilación. Es inevitable entonces que los hombres que Aman de manera pura buscarán la felicidad y la supervivencia incluso de quienes les Odian, en cambio éstos procurarán la destrucción de los primeros. Y por fuerza se sigue que nada puede sobrevivir si protege a lo que lo destruye.
Lo aplastante y desalentador de este teorema ha dado históricamente origen al prejuicio, del todo infundado, de que “el Amor al final [¿final?] prevalecerá”, porque no parece justo que sean los buenos los que perezcan y los malos los que sobrevivan. Pero esto porque se espera del mundo (o de Dios, no sé) que sea justo. Pero esto sale de cualquier parte, menos de la experiencia.
Si revisamos aquellas historias con las que crecimos y de las que en gran parte heredamos nuestra moral, nos daremos cuenta que este último elemento que he citado se repite casi sin excepción en cada una de ellas; hay veces en que las artimañas del “bien” para “vencer al final” llegan a ser vergonzosamente estúpidas (como el pésimo final de Digimon Adventure, donde el poder de la perseverancia y el esfuerzo hacen que el digimundo reconstruya los cuerpos de los niños elegidos y sus tamagotchis y porque sí les de un poder -que antes de ser destruídos no tenían- para derrotar a Apocarymon). Daba siempre la impresión que no importaba cuan fuerte fuera el enemigo; qué tan inteligente y resistente fuera, siempre -maldita sea, ¡siempre!- el bueno sacaba una carta de la manga (como la carta de Yami Yugi que hasta antes de esa aparición nunca había tenido en su baraja) o venía a asistirlo una fuerza sobrenatural y ultra-poderosa que terminaba por destruir al temido enemigo (si es que éste no perecía solo, como en el Jorobado de Notre Dame). El bueno se entrega, sin reservas, a ser vapuleado, ridiculizado, avergonzado, torturado y crucificado, porque sabe que al tercer día gracias a una fuerza por encima de él revivirá y luego vendrá a patear culos en el fin de los tiempos.
Si bien la figura ingenua e infantil del bueno que “pone la otra mejilla” es superada con la madurez, siempre nos queda dando vueltas en la cabeza esa idea de que el mal termina por destruirse a sí mismo; o en última instancia, que el malo es capaz de arrepentirse y volverse bueno en el último minuto, reivindicando así el principio de justicia universal que no-sé-de-dónde sacaron que existía. Nuestra experiencia directa con el mundo nos demuestra una y otra vez que un hombre malvado (Pinochet, por ejemplo) es capaz de morir impune, rodeado de sus seres queridos y con la confianza y la admiración de unos cuantos, sin que sea necesario ni el castigo ni el arrepentimiento.
Esta esperanza en la justa retribución del mal también ha engendrado la concepción negativa de la venganza, “que nunca es buena, mata el alma y la envenena”, como decía el Chavo del Ocho. En cierta forma, no corresponde al espíritu que aspira al Amor puro (y por consiguiente al Bien) el tomar lugar en un acto de reivindicación o de retribución, pues eso conlleva el infligir daño a otro, y el sufrimiento que él traería recaería luego en la propia alma del vengador (por la definición de Amor puro que dimos más arriba). Así, el bueno es un hombre que aspira, sin más, a que “venga el reino”, mientras se sienta a procurar alegría y felicidad para quienes le rodean y a sufrir con imperturbabilidad espiritual prácticamente patética las vejaciones de quienes gratuitamente lo hacen víctima de su Odio.
Volviendo al problema que nos ocupa -el de los políticos- las consideraciones que hemos hecho hasta ahora nos van a servir mucho para entender varias cosas. Primero, cabe hacer hincapié en el hecho de que pese a su diáfana realidad corrupta y destructiva, la democracia sigue existiendo. ¿Por qué? Sencillamente, porque el ciudadano promedio -porque el ser humano, en promedio, lo es- es un ser que tiende al equilibrio entre el mal y el bien; que Odia, pero que también Ama. En estas condiciones, es evidente que nunca será capaz de elevar -o rebajar, como quiera que lo veamos- su moral hasta la del político que se aprovecha de él, para ser igual de fuerte que él y hacerle frente. Antes que eso, permanecerá de forma estática, oscilando entre elegir siempre el menor de los males y procurando en lo particular el bien de quienes le rodean.
La razón por la que no tienen éxito -y nunca lo tendrán- las hordas de trabajadores, deudores y estudiantes que año a año vemos marchar hacia los brazos brutales de la fuerza pública, es que los mueven siempre ideales fundados en las pasiones, es decir, en una mezcla equilibrada de Amor y Odio; su sentimiento siempre es un combinado entre la empatía por el que sufre, y el rencor por el daño que le han hecho a sí mismo. Pero el Odio que contiene el rencor nunca es tan poderoso como el Odio puro que debe profesar, por necesidad lógica, el gobernante al que intenta destruir. Sólo de esta forma se explica que pese a todos sus esfuerzos, el Pueblo Unido sea vencido una, y otra, y otra, y otra vez.
La esperanza del idealista se fundamenta en los mismos criterios inservibles que la moral del hombre bueno; cree en la Revolución, ese “algo” que tarde o temprano llegará -sea del cielo, sea de la toma simultánea y colectiva de conciencia de todos sus compatriotas, (posibilidad que es tanto más lejana que la primera)- y que restituirá los derechos de todos y cada uno de quienes lucharon y esperaron su victoria. Así, descuida el seguir los escrutinios certeros de la razón fría que el Malvado procura tener siempre cerca, y se deja llevar por los dictámenes de su corazón, aquel músculo irrigador de sangre que no es capaz de ver más allá de sus caprichosos anhelos.
Y ahora la pregunta que cualquiera podría hacerse: Entonces, ¿qué nos queda hacer?
La primera respuesta y tal vez la más lógica en este caso sería: El fuego se combate con fuego. Pero, ante eso, cabe protestar con Gandhi que “ojo por ojo, y el mundo acabará ciego”. Pues si todos los hombres se odiaran los unos a los otros, cada uno procuraría de la forma más certera y despiadada la muerte del otro, hasta que el último hombre sobre la faz del planeta sería también el sepulturero de su propia tumba. Es claro, entonces, que la respuesta no va por ahí.
Un hombre que sólo Odia no conoce el Amor. No es capaz de reconocer fuera de él al otro, pues su empatía es nula, ya que su Odio es puro. En tanto no conoce el Amor, se escapa de su comprensión toda una rica gama de gradaciones morales, por lo tanto, de sentimientos, de ideas, y en ese sentido está en desventaja de quien Ama y Odia, y más aún, de los que somos capaces de Odiar mucho, a la vez que Amar mucho también. Su Odio lo hace fuerte frente al Odio; pero no lo hace fuerte frente a la inteligencia.
No cabe, pues, Odiar como el político nos odia, es decir, ese Odio que no reconoce enemigos de amigos, ni empleadas, ni madres, ni hijos, ni vecinos. Pero podemos Odiarlo a él. Odiarlo de la forma más profunda que el Amor que sentimos por los nuestros, de la empatía que nos produce el resto de la humanidad sufriente, incluso los perros (a los que muchas veces amamos más que a los humanos) nos permita. Nuestro Odio, nuestra organización, nuestra inteligencia, serán entonces capaces de destruir al político, de destruir a la democracia y a sus sucias abominaciones.
La destrucción de la Democracia, del Capitalismo y del Humanitarismo son pasos absolutamente necesarios para superar la sesgada y nociva prevalencia del Bien sobre el Mal, que es la causa final de nuestros padecimientos. Sólo la aceptación del estado de Guerra Constante, el sitio permanente, y la necesidad de entender la moral como un continuo difuso donde toda acción conlleva beneficios para el otro y para uno mismo, nos permitirán evolucionar como sociedad hacia un estado y una forma de gobierno que NO parta de la premisa que los gobernantes tienen el deseo de hacernos bien, sino que IMPIDA que desde su posición pueda hacer demasiado daño.
Sólo la fundición del Bien y el Mal en una sola moral autodefensiva y colaborativa puede salvarnos. Y no llegará del cielo, ni del futuro, ni del digimundo ni de ninguna parte rara; tiene que salir de la humanidad misma, del trabajo y de la inteligencia de aquellos hombres que, más que otros, nacieron para pensar.

Inti Målai Perdurabo

jueves, 19 de enero de 2012

¡NO A LA SOPA!

La pregunta no deja de ser interesante: Una idea, ¿es propiedad de quien la piensa primero? ¿Es lo mismo un edificio que una obra de arte, que una canción, un poema, o un zapato, o un plato de porotos? ¿Qué hay en lo creado que sea del creador? ¿Existe la obra por sí misma, o en función de quien la ha creado?
Es cierto, llamamos “Teorema de Pitágoras” a la relación de los cuadrados de los lados del triángulo rectángulo... Pero los triángulos, ¿tenían esa relación antes que Pitágoras la planteara? ¿Qué es de Pitágoras? ¿La relación, o el haberla planteado primero?
Dicho de otra manera, ¿en qué se diferencia un invento de un descubrimiento? Y después, aquello que se inventa, ¿en qué forma es de quien lo inventó?
A todos nos parece razonable que cuando alguien escriba una canción, descubra un teorema matemático, o incluso invente un chiste gracioso, el “inventor” quiera que otros le reconozcan la autoría; después de todo, llegar a ese objeto, que puede ser abstracto o concreto, fue un mérito suyo. Pero el objeto en cuestión, ¿hasta qué punto es de esa persona?
Tal vez todos estaríamos de acuerdo en que es completamente absurdo, en el caso de un teorema matemático, que sólo su autor tenga derecho a usarlo. Pero ya no es tan descabellado que un inventor que descubre el movimiento continuo acelerado quiera guardar cierta exclusividad en el uso de su máquina... ahora, la pregunta es: ¿cuál es la diferencia entre el movimiento acelerado y un teorema matemático cualquiera? Después de todo, la clave del invento matemático no está en el objeto, sino en la idea que subyace a su elaboración. Todas las guitarras del mundo son distintas como objeto pero son todas “guitarras”. ¿Qué hubiera pasado si de pronto quien primero dio forma a una guitarra hubiera querido guardar para sí la exclusividad de su invento?
Si dos personas descubren paralelamente un mismo objeto (como ocurrió con el teléfono, por ejemplo), ¿quién lo inventó? ¿es de ambos? ¿o de ninguno de ellos? ¿O hay dos ideas diferentes (aunque iguales, ¡pero qué descabellado suena eso!) que son cada una de cada uno?
Digamos que hay tal cosa como la propiedad intelectual. Es decir, una firma que llevan todas las ideas, con el nombre de quien las elucubró en su mente primero. Supongamos que yo, en el colegio, un día me pongo a pensar en el ser de las cosas, y llego a la conclusión de que aunque los objetos perecen, hay algo en ellos que subyace y que además permanece aunque la corrupción destruya a dicho objeto. Y para resolver mi dilema, doy forma a una teoría metafísica sobre la existencia independiente de las Formas. Y luego, mucho tiempo después, me voy a enterar que casualmente, un compadre llamado Platón ya pensó lo mismo hace mucho, mucho tiempo. Bueno pues, la Teoría de las Ideas, ¿es de Platón, o mía? ¿Se la robé yo a Platón? ¿Cómo podría habérsela robado yo a Platón, si no sabía que esa teoría se llamaba “Teoría de las Ideas de Platón” cuando a mí se me ocurrió? Dicho de otra forma, ¿realmente inventé yo -o Platón- la Teoría de las Ideas, o ella preexiste a quien la piensa primero, de tal forma que es un descubrimiento y por lo tanto, es de Platón porque él la “descubrió” primero? ¿Existen los pensamientos antes de quien los piensa?
Pensemos ahora en un poema. Yo voy por la calle, me embobo con una muchacha bonita que va pasando por ahí, y le digo a un amigo: ¡Mira qué cosa más linda, tan llena de gracia, esa muchacha que viene y que pasa! ...y mi amigo me dice: “¿Como la Garota de Ipanema?” Y yo ahí recién me vengo a dar cuenta que he “copiado” a Vinicius de Moraes... Porque ese verso se le “ocurrió” a él primero, aunque no sé portugués y no sabía que eso decía su canción. O si un día sueño con una niña que me gusta en cuerpo de mariposa, y al día siguiente le escribo un poema a mi “mariposa de sueño”... ¿le estoy robando la idea a Pablo Neruda? En ambos casos, el verso en un caso y la metáfora en el otro no van ni para la misma persona en los dos casos ni son pensados por el mismo individuo. ¿Son iguales, o diferentes? ¿Es el poeta parte del poema, es la inspiración parte de la Obra, o ella es lo que es sólo en cuanto a su forma? Importante también, ¿es lo mismo decir “mira que cosa más linda” que “Olha que coisa mais linda”?
Digamos que la impronta del autor a la que hemos llamado Propiedad Intelectual no es sólo un garante de originalidad sino que es un elemento definitorio de un objeto. Que no importa cuántas fotocopias haga de “El Señor de los Anillos”, o cuántas veces lo copie a mano, ni en cuantos idiomas diferentes, “El Señor de los Anillos” será siempre de J.R.R. Tolkien y mi caligrafía será siempre mi caligrafía, y la calidad de impresión será siempre mérito del fabricante de impresoras. Que no importa las veces que alguien le dedique “Garota de Ipanema” a su polola, la canción siempre será de Vinicius de Moraes y de Tom Jobim, la interpretación será siempre del cabro enamorado y la guitarra será obra artesanal del lutier que la haya hecho.
Luego, habrá robo Intelectual, vale decir, habrá un atropello a esta “propiedad intelectual” así como la hemos definido, sólo cuando una persona transcriba la letra de Vinicius de Moraes y afirme que él la ha inventado. Cuando edite un disco compacto, o la interprete en un club, y la introduzca como “Garota de Ipanema”, composición mía. A este acto se le llama “plagio”.
No habrá robo intelectual en el caso de las ideas natas, por ejemplo, la Teoría de las Ideas, o el Teorema de Pitágoras, a menos que el ladrón presente las obras con las cuales el autor original planteó su descubrimiento, como suyas. En el caso de las ideas siempre será posible argumentar que hubo “una llegada diferente a un mismo lugar”, como el caso de la prueba de la existencia de Dios de Déscartes, que es una versión diferente del argumento de San Anselmo.
Ahora, un caso muy diferente es el Permiso de Copia.
Supongamos que un autor escribe un libro muy bueno. Él quiere que la gente lea su libro, y más aún, espera que la gente compre su libro para leerlo, y él espera, por lo tanto, ganar dinero de esas ventas. Va con un editor, y le muestra su libro. El editor lee el libro, ve que es bueno, y acepta imprimirlo, distribuirlo, venderlo, y dar una parte de esa ganancia al autor. La otra parte quedará para él, porque tiene que recuperar su inversión por la edición física de la obra.
Una vez que el libro se ha vendido y muchas personas ya lo recomiendan como una gran lectura, pensemos en que otro editor, al verlo, se da cuenta que él también podría ganar dinero vendiendo ese mismo libro. Va, y le dice al autor que le dará las ganancias por vender su nueva edición. Pero el autor le dice que eso no será posible. ¿Por qué? Porque él es dueño de la Propiedad Intelectual, pero su primer editor le ha comprado el Permiso de Copia. Si este nuevo editor quisiera también ganar y hacerle ganar a él -el autor- vendiendo el libro, tendría que comprarle a la primera editorial el permiso de copia de la obra, que es algo completamente aparte de la propia Propiedad Intelectual, que siempre permanece en el autor y siempre lo hará.
Ahora, supongamos que yo compro el libro, y un amigo quiere leerlo. Yo no lo he terminado de leer, pero le ofrezco que le saquemos una fotocopia, y así él también podrá leerlo. Al fotocopiar el libro, la copia se considera una versión “pirata” NO de la obra, sino del libro del editorial, puesto que el denominativo de “pirata” se refiere a la calidad física del objeto, no a la integridad de la obra en abstracto. Asimismo, cuando compramos un libro pirata en la calle, quien gana ese dinero es el que sacó la fotocopia, y probablemente no le envíe su tajada al autor. En ese sentido, la piratería hiere el bolsillo de los autores, pero no menoscaba su calidad de autor. No infringe la Propiedad Intelectual.
Cuando compro un disco de Iron Maiden, por ejemplo, y copio las pistas a mi computador, probablemente lo haga en formato mp3, u OGG. Como son archivos más livianos, he eliminado información -inaudible- del original, y es por lo tanto una versión pirata de la grabación de alta fidelidad que se hizo en el estudio del sello discográfico. Pero sigue siendo una canción escrita, compuesta e interpretada por Iron Maiden, por lo tanto, no he menoscabado la Propiedad Intelectual. ¡Es más! Si hago una copia sin pérdidas del disco mismo, lo que entra a mi computador es una réplica exactamente igual a la original que se hizo en el estudio donde grabó la banda, luego ni siquiera habría allí piratería. Si luego envío cualquiera de los dos archivos a un amigo, él recibe una réplica idéntica del mío en su computador, pero sigue siendo de Iron Maiden. No hay daño en la Propiedad Intelectual. Si grabo una copia y la vendo, la banda no recibirá su tajada, y ahí estoy infringiendo el Permiso de Copia, pero sigo vendiendo un disco de Iron Maiden.
Imaginemos ahora que una legislación intente equiparar los conceptos de Propiedad Intelectual a los de Permiso de Copia. Vale decir, que en toda réplica, en toda cita, en toda reinterpretación de una obra intelectual que ha caído ya en manos de un editor que se ha “reservado los permisos”, exista por lo tanto de forma inmediata exclusividad de uso. Todos recordaremos quizás ese divertido capítulo de Los Simpsons en el cual el abuelo Simpson divierte a la madre de Marge con una imitación de una película de Chaplin (unas papas en tenedores bailando), y de la nada salen unos matones y un abogado que “defiende los intereses de los herederos de la familia Chaplin” que proceden a destruir la “imitación no permitida”. Este pasaje del capítulo es gracioso, porque es absurdo. Nos reímos, porque es ridículo. Y si ocurriera en nuestra vida real, ciertamente, lloraríamos.
Congelada en el Congreso de los Estados Unidos está una ley que busca hacer esto realidad. Por sus siglas en inglés tiene el estúpido nombre de SOPA, pero ante su mención no debemos reírnos, sino ensombrecer nuestros semblantes y cerrar nuestros puños. Muchos ya hemos escuchado hablar de ella, pero pocos quizás dimensionan las consecuencias catastróficas que la aprobación de esta ley tendría en nuestras vidas, más aún si otros países del mundo acceden a colaborar con ella.
Dejemos las cosas claras; SOPA no protege -como se ha pretendido- la Propiedad Intelectual de las obras, protege a los dueños de su Copyright, es decir, su Permiso de Copia. Y con esto no debemos entender que protege a los autores, pues, aunque ustedes no lo crean, la mayoría de los autores no recibe ni el diez por ciento de lo que producen en total sus obras (en el caso de la literatura y de la música).
Tomando esto como punto de partida, ahora debemos entender claramente lo que SOPA nos dejará hacer, versus lo que no nos dejará hacer.
Un hombre escribe un libro, y lo publica a través de un editor. Yo compro un ejemplar. En tanto he comprado un ejemplar, he adquirido un permiso, una licencia, si se quiere, para disfrutar el libro. Como SOPA sólo atañe a internet, no al mundo real -¡todavía!- yo puedo prestarle el libro a mi tía y no me pasaría nada. Pero resulta que encontré una cita buenísima, y la quiero compartir en Facebook. Bien, como he copiado una línea de un libro que compré pero que tiene Copyright, SOPA autoriza a su gobierno para sancionarme. Claramente, por una cita no iré a la cárcel, pero un capítulo entero podría costarme una multa, la transcripción de todo el libro me puede meter un gran lío, y, de una u otra manera, igual mi cita desaparecerá y se me pedirá que no lo vuelva a hacer.
Lo mismo pasará con canciones, pinturas, fotografías, poemas, obras de arquitectura, slogans publicitarios, etcétera. No podrás bajar música (ni siquiera aquella de esos grupos raros que jamás han vendido en Feria del Disco), no podrás copiar texto de páginas web, ni descargar programas crackeados (si todavía usas Windows), también el youtube se limitará a estúpidas caídas de niños gordos en riachuelos, si es que nadie ha sacado patente comercial de eso también.
Y ahora la pregunta es, ¿Quién podrá seguir bajando música de internet? Claramente, los que lo hacen por Itunes, pero no los que recurrimos a Krafta o a Taringa. ¿Por qué? Porque el usuario de Itunes paga por sus descargas. Compra la pista.
¿Y quienes pueden pagar en Internet? Los que tienen PayPal, los que tienen tarjetas de crédito. Lindo, ¿verdad?
Internet fue construido, mejorado y desarrollado por hombres y mujeres que creían en un sueño; el libre intercambio de información. En un mundo donde la corrupción ha tocado a los gobiernos más insignes, donde la injusticia ha infectado todo tribunal, toda junta de amigos, todo grupo humano, en un planeta donde el robo ha tomado formas descomunales y de daños titánicos, Internet se ha convertido en sinónimo de libertad, en sinónimo de justicia, en sinónimo de Democracia, no la Democracia en el sentido abajista y enajenante de los gobiernos capitalistas, sino en la Democracia del espíritu, donde la verdad es el motor de la mayoría, donde el comportamiento masa es capaz de salvar vidas y lo hace día a día. Nosotros, chilenos, vivimos en un país donde comprar un libro nuevo es más caro que comprar leche para una familia de seis en un mes; donde comprar un disco es un privilegio y encontrar alguno de un artista underground es más difícil que achuntarle a la taza del baño meando desde afuera y con la puerta cerrada. Internet ha significado expandir la cultura, democratizar (en el buen sentido) el acceso a la información, el acceso irrestricto a la cultura, Internet es sinónimo de aprender en un país donde la educación pública es como los huevos y la privada cuesta un par de ojos de la cara. Wikipedia hoy por hoy contiene casi tanta información como la Encarta y a un nivel muy similar de verocidad, y es gratis.
Apoyar la Ley SOPA es sinónimo de apoyar el elitismo en la cultura y la educación, es la destrucción de la libertad, de la democracia en su sentido más puro, es la muerte de un derecho que fue central en un mundo tan rico y fructífero como el Griego y que estuvo ausente de nosotros hasta hace recién un par de décadas: Que las Ideas trascienden a quien las piensa. Que todos podemos tener acceso a ellas.
El mundo no puede permanecer ajeno a lo que está a punto de pasar. La aprobación de la Ley SOPA sería un cataclismo más terrible que el Holocausto, más devastador que mil terremotos. Será autorizar a nuestros gobiernos a revisar nuestra correspondencia, a asaltar nuestra privacidad, a vigilar nuestras conversaciones e intervenir en nuestra intimidad cibernética. Por citar a Mafalda, “La SOPA es a la [humanidad] lo que el Comunismo es la Democracia”. “Si quiere saber, tendrá que pagar por ello. Si quiere poder pagar, tendrá que trabajar. Y si quiere trabajar, tendrá que lamernos los testículos a nosotros”. ¿Y quienes son nosotros? ...Pues nadie lo sabe, pero son pocos. Muy pocos.

No se queden de brazos cruzados. Copien, peguen. Bajen música. Lean, infórmense. Consideren lo que significan esas notificaciones de “Your licence has expired” que su antivirus seguramente les clava encima cada vez que prenden su flamante Windows 7 (starter). Consideren si es normal que no sólo el computador, sino aquello que él es capaz de decodificar, tenga un precio. Reflexionen un momento si es justo, si tiene sentido, si cabe en una sociedad como la nuestra. Sopesen el daño que hará una Ley como la SOPA. Busquen sus beneficios -claramente, no los tiene. Y muévanse. No nos pueden meter presos, porque todavía Internet es seguro. Seamos uno, seamos invencibles, inmortales. Votemos. Pongamos “me gusta”, repliquemos, y estemos dispuestos a quebrar a cualquier compañía que pretenda quitarnos internet.
Internet es el Último baluarte de la libertad, dicen Anonymous. Internet es el Último Baluarte de la Democracia. Internet es nuestro; Defendámoslo. Igual que Mafalda, dile NO A LA SOPA.

¡NO A LA SOPA!


Inti Målai Perdurabo

COPYLEFT: Se autoriza la libre distribución de este ensayo por Internet.

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